Roadtrip de 20 días por Namibia

Tras disfrutar 10 días de Botswana, tomamos la decisión de cruzar la frontera a Namibia por Buitepos Checkpoint. Una de las ideas iniciales que teníamos era recorrer la franja de Caprivi. Sin embargo, descartamos esta idea para poder darle 1 o 2 días más al Parque Nacional de Etosha.

Ya en camino, el cruce de la frontera a Namibia es un poco largo y tedioso (pachorra africana). Además, aquí los modales brillan un poco por su ausencia, suponemos que será por la saturación.

Pero antes, tenemos que contaros nuestra anécdota particular que tuvimos camino a la frontera, donde la policía de tráfico nos pilló a 97 km/h en una carretera de 60 km/h. Habíamos leído mucho sobre estas multas, en las que intentan sacar todo el dinero posible mintiendo sobre tu velocidad, aunque no era de cerca de nuestro caso. 

Pese a todo esto, como no teníamos prisa, decidimos “pelear” la multa. Os ponemos en contexto: carretera de asfalto plana hasta donde alcanza la vista. De repente, aparece una señal que pasa de 100 km/h a 60 km/h. A 70 metros de distancia de esta señal y escondido detrás de un arbusto, se encuentra un coche de la policía con dos policías, uno de ellos con un telémetro láser sobre un trípode. Este señor es el que, aleatoriamente, decide a quién disparar su telémetro para saber su velocidad puntual en ese momento. Sin embargo, al ser un aparato algo rudimentario, cuando el policía para el vehículo y te enseña el telémetro para mostrarte la velocidad a la que te ha cogido, en realidad solo aparece un número (en nuestro caso 97) en color verde sobre un fondo negro. Nada más.

Ni una sola foto del vehículo con la matrícula ni una sola prueba de que al que le han medido esa velocidad hayas sido tú. Es por ello que nos agarramos a ese clavo ardiendo y, como no teníamos excesiva prisa o eso le queríamos demostrar al policía, estuvimos un rato dándole nuestros argumentos. 

En ese proceso, se acerca un coche a toda velocidad y le preguntamos que por qué a él no le mide la velocidad. EL policía, corriendo, apunta el telémetro y dispara el láser que, para sorpresa de todos, devuelve casualmente la misma velocidad que él nos achacaba a nosotros: 97. En ese momento, comenzamos a increparle que el telémetro está estropeado, que es demasiada casualidad que dos coches seguidos vayan a la misma velocidad y que no vamos a pagar la multa. El policía, aburrido de nosotros y conocedor de que tiene otra presa a la que sacarle los cuartos, nos mira y nos dice: ¡¡¡OK, iros!!! Somos capaces de aburrir hasta a las ovejas. Nunca sabremos si fue la suerte o que el telémetro solo marca 97 km/h.

Esta noche, una vez conseguimos cruzar la frontera, la pasamos en un camping en la ciudad de Gobabis para amanecer al día siguiente y poner rumbo a Etosha, llegando entorno a las 12.

Ya estamos en nuestro último parque nacional de África, por lo que las ganas de exprimirlo son máximas.

Pincha aquí si quieres saber más sobre nuestros días en Etosha.

Tras estos increíbles días en Etosha y con mucha pena en el cuerpo, nos ponemos camino a la comarca de Damaraland, haciendo antes noche en Otjitotongwe Cheetah Guestfarm. El proyecto comenzó́ cuando los dueños, apasionados de los guepardos, atraparon varios ejemplares que estaban depredando su ganado. Su intención era liberarlos en el Etosha National Park pero, al encontrar la oposición del Gobierno, liberaron a los animales en el campo libre, conservando algunos cachorros nacidos en cautividad. Desde entonces han acogido otros ejemplares y han abierto una granja de vida salvaje con la intención de despertar la conciencia sobre las dificultades que atraviesa esta especie en vías de extinción.

La verdad que estar enfrente de un animal como este, una auténtica máquina perfecta de la naturaleza, escuchar su ronroneo, ver su mirada desde cerca y poder acariciarlo, es realmente increíble.

Nuestra siguiente para es Twyfelfontein, Patrimonio Mundial de la Unesco gracias a los más de 2500 petroglifos descubiertos hasta la fecha, algunos de ellos datan de hace unos 6 mil años, y que lo convierten en una de las mayores galerías de arte rupestre del continente. Esta noche deberíamos haber dormido en camping de Mowani. Sin embargo, cuando llegamos está hasta arriba y acabamos en el camping XXXX. Por la tarde, para sorpresa de todos (los lugareños dicen que lleva todo el año sin llover), nos cae la tormenta del siglo, lo que nos hace no poder subir a nuestra tienda a dormir hasta bien entrada la noche.

A la mañana siguiente nos acercamos a ver los petroglifos grabados en la piedra. Una guía, no muy amable ya que sabe que no le vamos a dar propina porque al hacernos pagar el parque con dinero suelto nos hemos quedado sin, nos lo explica de forma rápida y se va sin decirnos adiós. Pero bueno, eso no nos impide ver los grabados y admirar los animales que están ahí grabados: jirafas, elefantes, ñus, cebras, ciervos… incluso en alguno de ellos se ven animales marinos, como leones marinos y focas, lo que hace pensar que sus creadores, tribus nómadas, pudieron haber alcanzado en alguna ocasión la costa, la cual se encuentra a más de 100 kilómetros hoy en día.

El más famoso de todos estos grabados corresponde a un hombre-león. Esta figura representa un enorme felino con manos humanas en sus extremidades y una gran cola la cual termina también en una mano humana. Los arqueólogos lo interpretan como una figura chamánica que habría sido utilizada en los rituales mágicos para tener una buena caza.

De aquí, y un poco porque nos pillaba de camino, nos dirigimos hacia Spitzkoppe, sin saber que será uno de los sitios que más nos gusten de Namibia. Cuando nos vamos acercando a la entrada del camping, vemos ya que enormes formaciones rocosas anaranjadas se levantan en mitad de las enormes llanuras.

Nuestra sorpresa es mayúscula cuando vemos que el camping está dentro del parque, rodeado por estas impresionantes formaciones. La puesta de sol desde aquí es para no olvidarla.

Amanecemos en el parque después de una noche algo trambólica por el viento. Lo recorremos y sacamos millones de fotos antes de irnos, ¡nos resistimos a abandonar este sitio que tanto nos ha gustado! Sin embargo, el sitio al que vamos hoy tampoco pinta nada mal: la costa de los esqueletos.

Dormimos un par de días en el camping de Windpomp 14, situado cerca de Swakopmund, que utilizamos como base para visitar toda esta zona de la costa de los esqueletos de norte a sur. 

A la mañana siguiente empezamos por la zona norte. De camino a Cape Cross, nos encontramos con nuestro primer barco hundido de la Costa de los Esqueletos. Sin embargo, no será él el único hundido. Cuando intentamos entrar en la playa con el 4×4 para verlo, nos hundimos nosotros también en la arena. Este será nuestro primer hundimiento serio en la arena, en el que nos toca sacar pala y cavar. Pero al final, en mucho menos tiempo de lo que esperábamos, conseguimos salir de nuestro pozo. Menos mal, porque la marea está subiendo y ya es lo que nos faltaba.

Seguimos camino hacia el norte, por una carretera sobrecogedora, totalmente llana, de sal, rodeada de arena por un lado y del océano Atlántico por el otro. La sensación aquí de soledad, de silencio, de que nada más existe alrededor es impresionante.

En menos de una hora estamos en la entrada de Cape Cross Seal Reserve, la población de lobos marinos más grande del mundo… ¡y también la más maloliente! 

Esta colonia de cría de lobos marinos llega a superar los 200.000 ejemplares gracias a las altas concentraciones de pescado que existen por la fría corriente de Benguela. Ver a esta ingente cantidad de animales retozando en la arena, peleándose por la mejor piedra donde tirarse al sol o rascarse la tripa o surfeando las olas de la Costa de los Esqueletos (sí, son unos privilegiados y tienen sus propias olitas) es increíble. También es increíble el hedor que desprende el lugar, ya que está lleno de heces y orina, del pelo que ellos van perdiendo con la edad e incluso de pequeñas crías que no han conseguido sobrevivir. Solo deciros que, después de media hora ahí, cuando salimos de la reserva tuvimos que ir directos a la ducha y dejar la ropa que habíamos llevado puesta a remojo durante un buen rato, ya que el olor se te queda pegado en la piel. Inimaginable.

Al día siguiente nos toca recorrer la parte sur, que implica la ciudad de Swakopmund y Walvis Bay. Nos acercamos a la primera y la realidad es que, como la mayoría de las ciudades de África, no nos llama mucho la atención. Sí es verdad que la influencia colonial en esta ciudad es clara y su arquitectura alemana de casas con vigas de madera llaman mucho la atención en esta zona que se encuentra rodeada de desierto, pero decidimos no parar más que para hacer una compra y seguimos hacia el sur.

Walvis Bay es, al igual que Swakopmund, una ciudad de estilo colonial dedicada plenamente al turismo que llega hasta aquí para visitar la Costa de los Esqueletos. Hay varias agencias que te organizan excursiones a dunas, a las islas cercanas, tours en 4×4 por el desierto, etc… Pero lo que nosotros venimos a ver hasta aquí es la Duna 7 que, con 383 metros, es considerada la duna más alta del planeta. Cuando llegamos a los pies de la duna y pese a que no estaba planeado, no pudimos evitar alquilar un par de quads para recorrer estas formaciones de dunas por dentro. Nada más arrancar el motor del quad y comenzar a adentrarnos en esta parte del desierto sabemos ya que va a ser una de las experiencias más chulas que hemos tenido.

A la mañana siguiente, con la adrenalina todavía en el cuerpo, comenzamos una de las etapas que más nos apetecen de nuestra ruta por este país: entrar en el desierto del Namib ( Pincha aquí si quieres saber mas sobre este desierto)

Después de haber atesorado unos momentos que difícilmente podremos olvidar, seguimos camino hacia el sur de Namibia. Queremos llegar hasta el Cañón del río Fish, pero por el camino nos han recomendado que hagamos una parada en una pequeña ciudad costera: Luderitz.

Esta ciudad, situada entre el desierto del Namib al norte y la ventosa costa del Atlántico al sur, es una ciudad atrapada en el pasado. Con una influencia claramente alemana, en sus casas con vigas de madera, con iglesias, panaderías y cafés, puede que sea una de las ciudades más extrañas que hemos visitado. No sabemos deciros si nos gustó o no; la ciudad es bonita, sus casas te recuerdan a los pueblecitos bávaros… pero se hace tan raro que esté ahí… Pero es un buen punto intermedio en el que parar y descansar un par de días de tanto coche.

De aquí ya sí que vamos directamente hacia el último hito que nos queda por ver en este bonito país, el cañón del río Fish.

No hay ningún otro lugar en toda África como el cañón del río Fish. Este inmenso cañón mide 160 km de largo y hasta 27 km en su punto más ancho, y alcanza una profundidad de 550 m. Pero la realidad es que, hasta que no lo ves en persona, no se te queda la boca abierta. Según una leyenda san, el serpenteante cañón del río Fish fue excavado por la serpiente Koutein Kooru, perseguida en el desierto por cazadores. 

Nos quedamos en el camping Canyon Roadhouse un par de días, para poder explorar bien la zona, ver el cañon desde todos los ángulos posibles y visitar también su parte sur, donde el manantial de aguas termales de Ai-Ais, emana de la tierra. Aunque en algunas zonas alcanza temperaturas de hasta 65C, otra zona está habilitada para poderte dar un chapuzón, ¡aunque no resulte muy refrescante!