Once y media de la noche. Llegamos a nuestra habitación de hotel para dormir algo antes de coger el combo “bus+ferry” de mañana que nos lleve a la isla de Malapascua. Sin embargo, antes de acostarnos, decidimos mirar el tiempo por si acaso y nos llevamos una sorpresa cuando vemos que los próximos días dan lluvia en Malapascua. Sin embargo, hay una isla que nos habíamos quedado con ganas de visitar pero que habíamos descartado por el mal tiempo que suele hacer en esta época: Corón. Y, casualidades de la vida, ¡los próximos días sale que luce el sol!
Por lo que, sin pensarlo mucho, nos compramos unos vuelos a Corón que salen en escasas 6 horas. ¡¡¡Allí que nos vamos!!!
Corón es una isla al norte de Palawan. Toda esta zona, junto con El Nido, es la típica imagen que uno tiene en la cabeza cuando se imagina Filipinas: numerosas islitas oscuras de roca kárstica con arbustos verdes verdes en aguas que recorren todos los tonos de azul conocidos.

Cuando llegamos, la isla nos recibe con buen tiempo y apenas cae algún chaparrón de vez en cuando, asique aprovechamos para buscar un centro de buceo y una vez concretada inmersión para el día siguiente, nos vamos a una de las mejores zonas en las que hemos hecho snorkel en la vida: Siete Pecados.
Éste es un conjunto de 7 islitas enfrente de la costa este, a sólo 10 minutos en moto de la ciudad de Corón.
Cuando llegamos, aparcamos nuestra moto y nos acercamos al puesto de medioambiente. Pagamos ahí 200 pesos (unos 3€) por entrar en la zona y alquilamos una piragua para ir hasta allí remando. También existe la opción de alquilar una barca con patrón que te acerque y esté contigo allí, pero son escasos 400 metros de remo, asique nos vamos con nuestro kayak para allá.
Cuando llegamos, atamos el kayak a una de las tantas boyas que hay para ello (aquí está prohibido fondear para proteger el coral), nos ponemos nuestras gafas y nos vamos al agua.

Según saltamos, nos damos cuenta de lo especial y bonita que es esta zona: el agua es completamente transparente, el fondo está lleno de corales duros y blandos, de colores azules, rojos, rosas y naranjas, y la cantidad de peces que vemos nos deja boquiabiertos.
Dos horas después seguimos rodeando las siete islas, admirando los bancos de peces, las estrellas, las caracolas y todo aquello que nos encontramos. Salimos del agua y regresamos cuando se está poniendo ya el sol, pensando que sólo por este momento ya ha merecido la pena venir hasta aquí.

A la mañana siguiente nos levantamos pronto y con muchos nervios, ¡¡hoy toca un buceo muy muy especial!
Durante la 2 Guerra Mundial, EE. UU. comenzó su campaña en Filipinas para expulsar a las fuerzas imperiales japonesas que ocupaban el país.
Huyendo de la Batalla de Manila donde estaban siendo masacrados, varios barcos nipones se ocultaron entre la bahía de Corón, camuflándose como “islas” en esta zona para así eludir los ataques americanos.

Sin embargo, la mañana del 24 de septiembre de 1944 la flota japonesa fue sorprendida en estas aguas y hundida en casi su totalidad. Un escuadrón aéreo, lanzado desde un portaaviones a más de 550 kilómetros del objetivo, envió al finde del mar a 24 barcos nipones, entre los que se encontraba un buque militar portahidroaeronaves y varios buques logísticos con suministros como piezas para reparación, combustible o armamento y munición.
Hoy en día, estos 24 barcos se mantienen en perfectas condiciones en el fondo del mar y a diferentes profundidades, lo que convierte la bahía de Corón en uno de los mejores sitios del mundo para bucear con pecios tengas el nivel que tengas.

De todos los barcos hundidos, hoy en día se pueden visitar hasta 8 diferentes, incluyendo el portahidroaviones Akitsushima, el único militar. Por lo que, a la hora de elegir nuestras inmersiones, no lo dudamos y nos vamos a él de cabeza.

La inmersión baja hasta pasados los 30 metros, por lo que el tiempo se reduce a escasos 40 minutos. A pesar de ello, cada uno de esos minutos merecen la pena y nos hacen sentir y trasladarnos al pasado, cuando aquellas cubiertas estaban ocupadas por marinos nipones luchando en una guerra por su país.
A los 20 metros de profundidad, la silueta característica del barco con su grúa ya se deja ver. Una vez que llegamos al fondo, nos adentramos por el agujero que tiene en la popa y recorremos por el interior toda la banda de estribor hasta la proa. Pasamos por pequeñas esclusas para ir de una cubierta a otra y vamos descubriendo algunas partes del barco, como la sala de máquinas.

La segunda inmersión la hacemos en el buque logístico Okikawa, dedicado especialmente al aprovisionamiento de combustible al resto de la flota. Entramos en sus 4 tanques donde se almacenaba este líquido y nos dejan sin palabras: son espacios enormes, en los que no ves el principio ni el final ni aun alumbrando con las potentes linternas con las que vamos.

Además, descubrimos también una pequeña cárcel que había a bordo del buque y algunos elementos que permanecen a bordo a pesar del paso del tiempo, como una plancha y una cuchara.

La 3ª inmersión, en el buque de munición Lusong, es algo más tranquila. Éste se encuentra a muy poca profundidad (con la marea baja incluso vela una parte del buque) y las condiciones en las que se encuentra son peores, ya que sólo permanece el armazón. Por otro lado, está lleno de vida y coral, por lo que, mientras lo recorremos, nos entretenemos con los numerosos peces, estrellas de mar y coral de colores que lo cubre.

No sabemos por qué, si es debido a lo que somos o no, o debido a lo “pesada” que es Scheherezade con todo lo relacionado con la 2ª Guerra Mundial, pero, sin duda esta inmersión se convierte automáticamente en una de las más impresionantes que hemos hecho.

Al día siguiente, seguimos aprovechando el buen tiempo que nos da Corón asique para organizamos lo que llaman aquí un “Island Hopping” que, traducido al español, es un salto entre islas. Este tipo de tours son muy típicos en Filipinas, ¡algo tendrá que ver que esté compuesta por tantísimas islas tan bonitas todas!
A las 06:30 de la mañana quedamos en el Mercado de Corón con dos parejas que hemos conocido por un grupo común en whatsapp para viajeros en Filipinas y con el patrón de nuestro barco. Aquí hacemos la compra (algo de pescado fresco, verduras y frutas) y nos vamos totalmente equipados al barco.
Ander y Natalia son una pareja de Bilbao, super majos e, indudablemente, de Bilbao! Jeje, la de recuerdos que nos vienen de nuestras amigas Maitane, Raquel y Sonia. Por otro lado, están Anna y Adriá, dos catalanes de la zona de Roses. Los 6 disfrutamos de un día muy divertido, con muchas risas y muy muy buena comida.

Entre las zonas que visitamos están Barracuda Lake (el Lago Barracuda). Un lago en el que dicen que, hace muchos años, alguien aseguró ver una barracuda. Pero desde ese día no ha vuelto a aparecer. No sabemos cuánto habrá de mito y cuanto, de realidad, pero, aun así, lo que de verdad impresiona de este enorme lago son sus vistas, tanto en superficie como bajo el agua. Rodeado de escarpadas montañas kársticas, que contrastan con el azul intenso del agua, pasamos el rato solos los 6, disfrutando de la naturaleza.

Volvimos a estar en Siete Pecados, donde el primer día cuando llegamos fuimos en piragua hasta allí y volvimos a disfrutar de su increíble coral. Un par de playas paradisíacas, donde comimos el pescado a la brasa y las verduras que habíamos comprado en el mercado y, para terminar, el famoso “Twin Lagoons” o “Lagos gemelos”. Dos lagos de agua azul cristalina, rodeados de montañas y comunicados únicamente por un pequeño túnel subacuático o unas pequeñas escaleras. Una pasada de sitio.

¡Pero éste no iba a ser el único Island Hopping que hiciéramos! Nuestros nuevos amigos nos convencieron para acompañarlos, al día siguiente, a otro que tenían ellos contratado en el que además se sumaba otra pareja madrileña y una madre y su hija que viajaban juntas. Intentamos resistirnos, para ahorrar un poco de dinero, pero si no lo hacíamos ahora, ¿Cuándo lo íbamos a hacer?
Por lo que el despertador a la mañana siguiente volvió a sonar pronto y nos reunimos de nuevo en el Mercado para hacer acopio otra vez de pescado, verdura y fruta. Allí conocimos a los nuevos compañeros de viaje: Sara y Pedro, los madrileños que acababan de comprometerse en matrimonio con él pidiéndoselo debajo del agua (sí, sí, como suena, ¡mientras buceaban le pidió matrimonio!) y Charo y María, madre e hija procedentes de Huelva y que llevaban viajando juntas más de 20 años. En total éramos 10 españoles, unidos por Filipinas y con muchísimas ganas de disfrutar del día.

Sin duda, lo mejor del día fue la compañía. Es verdad que visitamos playas muy bonitas, totalmente paradisíacas con aguas azules, palmeras como puestas estratégicamente para la foto perfecta y una arena blanca blanca blanca, pero los paisajes nos gustaron más los del día anterior. Sin embargo, de aquí sacamos a gente maravillosa a la que esperamos volver a ver pronto.

Después de 3 días bastante intensos, el siguiente día lo queríamos dedicar a descansar, lavar ropa e ir preparando algo para los días venideros. Y no nos pudo acompañar más el tiempo. El tifón Doksuri hizo acto de presencia en Filipinas, trayendo mal tiempo, mucha lluvia y, sobre todo, mucho mucho viento. Aunque teníamos un par de días por delante hasta nuestro vuelo para cambiar de isla, no vamos a negar que estábamos algo acojonados con qué nos encerraran de nuevo en otra isla (ya hemos tenido suficiente con Lombok, jeje).
Sin embargo, lo que pensábamos que iban a ser días tranquilos sin salir prácticamente de la habitación, se convirtieron en la oportunidad perfecta para quedar con nuestros nuevos amigos españoles, beber cerveza (aquí hay San Miguel, es de donde es originaria) y escuchar música en directo en alguno de los bares de la ciudad. Asique, bien rodeando y disfrutando del tiempo, éste pasó volando y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos en el aeropuerto de Corón cogiendo nuestro vuelo a Cebú, esta vez, sin incidentes.

PD: Ellas son Charo y María, madre e hija. Dos personas increíbles más que nos llevamos de este viaje. Sin duda, Corón ha sido un acierto total, una isla que volveríamos a visitar una y mil veces.
