Sin tenerlas todas con nosotros, conseguimos salir de Corón con el vuelo que teníamos el miércoles por la mañana. Estos últimos dos días han cancelado varios vuelos por mucho viento, pero esta vez ha habido suerte y ¡no nos hemos quedado encerrados en una isla por segunda vez! Jeje
Llegamos al aeropuerto de Cebú y de ahí nos acercamos a la estación de autobuses para ir al norte de la isla, a Maya. Por el mismo precio existe la opción de autobús, el cual tarda unas 6 horas ya que va haciendo paradas por todos los pueblecitos o una furgoneta compartida entre 15 personas que va algo más directa (aunque también hace sus paradas) y tarda poco menos de 4 horas. Como queremos intentar llegar a Malapascua en el día, nos decantamos por esta última opción y nos metemos en una furgo que justo le quedan los dos últimos huecos para rellenar y salir.

Os podéis imaginar cómo van 15 personas en una furgoneta metidas como equipajes y todo, ¿no? ¡Efectivamente, como sardinas en lata! Pero no nos quejamos, que hay aire acondicionado y no hemos tenido que esperar nada.
Llegamos al puerto de Maya sobre las 4 de la tarde y está cayendo un chaparrón que no veas. Aunque la mar está algo picada, nos dicen que el siguiente bote a Malapascua sale en media hora y hay hueco, ¡toma ya! ¡Lo hemos conseguido! Jejeje compramos dos billetes más la tasa de medioambiente por visitar la isla y nos subimos a un botecito de buceo con el que, en unos 50 minutos acompañados de lluvia, llegamos a la playa de Bounty, al este de la isla.
De aquí andando hasta el Malapascua Garden Resort son solo 5 minutos. Hemos salido a las 7 de la mañana de Corón y llegamos a MGR siendo casi las 6 de la tarde, pero por lo menos ¡lo hemos logrado!
Salimos a cenar algo al mercado del pueblo, donde hay varios sitios locales que ofrecen todo tipo de pescado, marisco y carne que a las brasas, cocinados en el momento, están riquísimos.
Nos levantamos a la mañana siguiente y Scheherezade nota su estómago en el límite… eso, sumado a que, aunque no daban lluvias está cayendo la del pulpo, pasamos un día recluidos en la habitación, saliendo cuando el tiempo nos da algo de tregua a comer o dar un paseo por el pueblecito. Además, nos acercamos al centro de buceo Dan’s Diver para reservar el buceo de mañana y pasado… ¡qué ganas!

En este primer día de buceo vamos hasta la isla de Gato, a unos 50 minutos en bote. Esta es una gran roca, en medio de la nada, pero con un fondo de marino lleno de coral y mucha mucha vida. De hecho, nada más que nos sumergimos por primera vez, ¡vemos un tiburón de punta negra reposando en el fondo! Además, por debajo de la roca hay una enorme cueva submarina que se puede atravesar y que también suele ser guarida de estos tiburones.
Después de dos inmersiones y de ver tiburones, morenas, peces y hasta caballitos de mar, regresamos a Malapascua para comer, descansar un poco y coger fuerzas para la inmersión nocturna.

A las 5 de la tarde (aquí el sol se esconde a las 6) salimos en una inmersión muy especial: buscar al pez mandarín y admirar su ritual de apareamiento.
Este pez, muy pequeño y asustadizo, recibe este nombre por los brillantes colores que tiene, los cuales recuerdan a las típicas túnicas de los antiguos oficiales imperiales chinos, los mandarines. Durante el día suele estar siempre escondido entre las rocas y solamente sale al ocaso para aparearse y regresar de nuevo a su escondite.
Y justo, para ese momento, después de una espera de unos 15 minutos, estamos nosotros agazapados entre las piedras, viendo cómo se juntan macho y hembra, nadan juntos durante 3 segundos y corriendo regresan a ocultarse entre las piedras.

Mientras tanto, un pulpo se acerca hasta la zona, a ver si puede cazar algo para la cena, un pez león se asoma desde su roca y varios peces flauta nadan entre nosotros.
Cuando regresamos hacia el bote, nos cruzamos con varios cangrejos, langostas y hasta una especie de estrella de mar de 8 puntas que corre con sus mini patitas.

A la mañana siguiente suena el despertador a las 4 y cuarto… ¡pero tenemos tantas ganas de esta inmersión!
Malapascua, aparte de ser una pequeñita isla con aguas cristalinas como casi todo Filipinas, es conocida por ser uno de los pocos sitios en el mundo en los que poder ver al tiburón zorro.
El tiburón zorro habita en aguas templadas del planeta a una profundidad de entre 200 y 500 metros. Su principal característica que le diferencia del resto de la familia es su enorme aleta, la cual puede llegar a medir lo mismo que el resto del cuerpo, sumando hasta los 6 metros de longitud. Se alimenta de pequeños peces, pulpos, cangrejos e incluso, a veces, de aves marinas. Para darles caza, utiliza su gran aleta caudal como látigo, dejándoles aturdidos para después comérselos más fácilmente.
Son las 5 de la mañana y estamos ya a bordo del barco, con todo preparado, dirigiéndonos hacia el banco de Kimud. Esta es una pequeña isla debajo del mar, que transforma los 300 metros de profundidad de los alrededores, en escasos 20 metros. Esta isla la utilizan los tiburones zorro como estación de limpieza: emergen de las profundidades en las que habitan hasta aquí para ser limpiados por los diferentes peces. Este ritual lo suelen hacer al amanecer por lo que, a las 6 y poco de la mañana nos estamos yendo al agua.
Y el madrugón, el sueño, la espera y el fresquito tienen su recompensa: no llevamos ni 5 minutos bajo el agua cuando una sombra a lo lejos aparece y viene hacia nosotros… ¡¡es un tiburón zorro!!

Aunque sabemos que no son carnívoros, que no hay registrados ataques a humanos y que son totalmente tranquilos, ver a esa mole de más de 400 kilos, debajo del agua, pasando frente a ti y mirándote directamente… acojona. Pero a la vez es increíble verlos nadar, ver a ese enorme animal a tu lado… no hay palabras para describirlo.
Durante las dos inmersiones vemos muchos, todos ellos se acercan curiosos, nos miran y siguen su camino, pero aun así en ningún momento dejamos de alucinar y mirarnos entre nosotros con caras de ¡¡wow, que increíble que es esto!

Regresamos a Malapascua, comemos y la tarde la dedicamos a descansar y pasear, ya que el madrugón hace mella. Pero, solamente, por el momento de esta mañana frente a un tiburón, ha merecido la pena venir hasta aquí.
El último día en la isla nos acercamos hasta la playa del hotel Tepanee para descansar y hacer algo de snorkel. Y es que, está playa es zona de cría para los tiburones de punta negra y blanca. Según llegamos, nos ponemos las gafas, nos vamos al agua y ¡ahí están! Pequeñitos tiburones de punta negra nadan y se dejan ver entre nosotros. Aunque son un poco tímidos, muy sigilosamente nos dejan acercarnos y disfrutar de ellos.

Y así acaban 4 días en esta pequeña isla de Filipinas. Una isla que nos ha sorprendido mucho para bien, por lo local y poco turística que es aún, por las bonitas playas que tiene, su gente súper amable, por su riqueza bajo el mar y por la increíble experiencia de poder ver cara a cara a un tiburón.
