Después de una noche en el tren nocturno, en la que no hemos dormido del todo mal, y una furgoneta compartida no demasiada llena de cosas, llegamos hasta Ao Nang.
Ao Nang, en la costa suroeste de Tailandia, es un pueblo más o menos grande, con bonitas playas y algo más tranquilo y menos turísticos que las ciudades vecinas de Krabi y Pukhet.
Como todavía no ha empezado la temporada alta en esta zona del país y aún es época de monzón, hay hoteles súper chulos y muy muy baratos. Nosotros cogemos un par de noches en el hotel Centara Anda Dhevi Resort&SPA, ¡muy cerquita de la playa y con piscina y todo!
Los primeros días los dedicamos a la vida contemplativa: paseo por la playa, bañito en la piscina y cenas riquísimas en el mercado nocturno de la ciudad. Los días intensos de viajar y ver templos se notan y decidimos descansar un poco.

Pero somos culos de mal asiento asique, al tercer día, nos acercamos pronto hasta el puerto de Ao Nang y nos subimos en un bote tradicional tailandés y nos vamos hasta la península de Railay.

Aunque está a apenas 10 minutos en barca, el paisaje que nos encontramos aquí es totalmente paradisíaco: las playas son las típicas de agua verde turquesa clarita clarita con enormes acantilados de roca caliza con un frondoso verde en su parte alta. A todo ello se le suman estas barcas tailandesas, decoradas con flores y bandas de llamativos colores, que hacen que la estampa sea increíble. Además, a esta parte de la península solo se puede llegar mediante barca, por lo que el ambiente es mucho más tranquilo.

Solo unos simpáticos monos nos dan algún susto que otro cuando bajan de las ramas e intentan mangarnos algo de comer.
Después de un día de sol y playa, sobre las 4 de la tarde nos acercamos a la playa de la cara oeste de Railay para coger de nuevo la barca que nos lleve de vuelta a Ao Nang. Y es que hoy, para sorpresa nuestra ya que no conseguimos hacerlo en Bangkok, ¡vamos a ir a ver un combate de Muay Thai!

Hemos tenido la suerte de que hoy sábado por la noche se celebre en Ao Nang una velada del campeonato nacional, por lo que a las 6 y media de la tarde estamos sentados en nuestras sillas en segunda fila para disfrutar de la velada.
Y lo que pensamos que iba a ser una pelea más o menos corta, acaba siendo toda una gala de más de 3 horas y con hasta 8 combates, uno de ellos con un K.O. directo a uno de los luchadores

La verdad es que las horas se nos pasan volando y nos lo pasamos pipa disfrutando de ello. Llama mucho la atención lo arraigado que está en la sociedad y la mezcla que tiene entre deporte y tradición. Antes de cada combate, los luchadores emplean hasta 10 minutos para llevar a cabo un baile ritual sobre el ring en el que dan las gracias a su entrenador y honran y piden protección espiritual.

El siguiente día alquilamos una moto enfrente de nuestro hotel y lo dedicamos a recorrer la costa, buscando playas un poquito más alejadas y tranquilas.
Encontramos algunos rincones súper bonitos, como éste en el que Scheherezade se sube al columpio y ya no hay quien la saque de aquí.

Pero toca cambiar de lugar, esta vez para visitar uno de los principales atractivos turísticos del país: las islas Phi Phi. Este archipiélago, formado por 5 islas y varias formaciones rocosas, es considerado un paraíso en la tierra. En 2004 el tsunami arrasó su principal y más poblada isla, Phi Phi Don, y desde entonces ha seguido un ritmo frenético de crecimiento asociado a la cantidad de turismo que recibe cada año.
A las 8 de la mañana salimos del hotel camino del puerto para coger un ferry que nos llevará, en algo menos de 3 horas, hasta la principal ciudad de este famoso archipiélago.

Cuando ponemos los pies en Phi Phi Don nos vamos rápido a nuestro hotel, PP Insula Hotel, para dejar las mochilas y aprovechar la tarde que tenemos por delante de solecito y buen tiempo.
Hablamos con el dueño del hotel en el que nos quedamos y nos recomienda un paseo por toda la costa oeste de la isla, que nos lleva hasta Long Beach, una de las playas más famosas y con más resorts.
Le hacemos caso y nos ponemos en marcha. Nada más que salimos de la parte central de la isla, donde se acumulan las tiendas, restaurantes y hotelitos, empezamos a ver pequeñas playas y calas, súper bonitas, y totalmente vacías.

Aunque nos cuesta no ir quedándonos en todas ellas, seguimos avanzando hasta que, media hora después, llegamos a Long Beach.
Esta larga playa de arena blanca nos encanta, pero nos han hablado también de otra calita que hay a esta altura pero en la costa este, con muy poquita gente ya que no hay ningún hotel cerca. Por lo que, como nos vemos con fuerzas, seguimos la marcha tras una breve parada para recuperar el aliento.

Quince minutos de subida y otros diez de bajada y llegamos a Loh Moo Dee. Como nos esperamos, la playa está completamente vacía y el agua clarita clarita. Echamos aquí el resto de la tarde hasta que empieza a oscurecer, que nos ponemos en marcha para evitar andar entre piedras y barro (que es como está el camino).
Cenamos en el mercado de alado de casa y nos vamos pronto a dormir porque mañana toca madrugón, pero por una buena causa.

Suena el despertador a las 5 y cuarto de la mañana. Hemos quedado en media hora en el puerto de Phi Phi Don para coger una barca e ir hasta la vecina Phi Phi Lee. La segunda de las islas Phi Phi salto hace años a la fama cuando se convirtió en el escenario para la famosa película de Hollywood “La Playa”. Aquí fue donde Leonardo Di Caprio vivió el sueño mochilero y descubrió una preciosa isla, apartada de la civilización, donde disfrutar de la vida y la juventud… ¡no sigo más que odio que la gente haga spoilers!!
Después de grabar aquí, Maya Bay se convirtió en una de las playas más famosas del mundo, fue catalogada como una de las más bonitas del planeta y asaltada por hordas de turistas que acabaron destrozándola. Por ello, el gobierno tailandés tuvo que cerrarla al turismo y, tras varios años, ha vuelto a reabrir, pero solo ciertos meses al año y con un cupo máximo de visitantes al día.

Carlos de pequeño se leyó la novela en la que se inspiró la película y desde entonces quiso conocer ese paraíso en la tierra, asique no podíamos perdérnoslo. Estamos a 3 de octubre y justo la acaban de abrir el día 1 de este mes, asique para evitarnos mucha gente preferimos madrugar y llegar prontito.
A las 7 de la mañana estamos con la barca abarloados al pantalán flotante que han colocado en la cara sureste de la isla. Somos los primeros junto con un grupo de chicos que parecen americanos, otra pareja y 3 amigas con las que compartimos la barca.
Recorremos el sendero a pie que nos lleva hasta la cara oeste de la isla y llegamos a Maya Bay. Vacía. Completamente blanca. Y azul turquesa el agua.

Como en todo, es difícil elegir una sola playa favorita en el mundo ya que depende de las condiciones en las que la visites, el momento del día, la de gente que encuentres… pero, sin duda, en este mismo instante “La Playa” se coloca en un puesto muy muy alto.
Nos acercamos hasta la orilla y empezamos a pasearla hasta el otro extremo. Antiguamente estaba permitido el baño en ella, pero el fondo marino acabó destrozado, por lo que ahora está completamente prohibido. A cambio, desde la orilla, podemos ver tiburones de punta negra nadando por las aguas poco profundas y acercándose bastante hasta nosotros.

Después de una horita y media de pleno disfrute en Maya Bay, seguimos con nuestra barca visitando los alrededores de la isla y haciendo un poco de snorkel.

Cuando regresamos a Phi Phi Don aprovechamos el resto de la tarde para tumbarnos en la playa y disfrutar de la isla.
Lo mismo que el último día que nos queda aquí. Decidimos acercarnos de nuevo hasta Long Beach y pasamos allí el día haciendo snorkel y buscando pececillos, leyendo tumbados en la arena y disfrutando del sol.

Aunque las islas Phi Phi nos han parecido preciosas, es verdad que las hemos encontrado un poco bastante explotadas turísticamente hablando, había hasta un Burguer King y un McDonald a orillas de la playa. Es por ello que elegimos pasar nuestros últimos días por aquí, que coincide además con el cumple de Carlos, con una playa con la que sentimos amor a primera vista: Railay. Prontito, el mismo día 5, cogemos un ferry que nos lleva directamente hasta la península.
Ya que estamos lejos de la familia y los amigos y en estos momentos especiales es cuando más se nota, nos damos un capricho en nuestro viaje y reservamos un par de noches en un hotel que se encuentra en esta misma playa. Sobra decir que en estos días de verdad nos dedicamos a la vida contemplativa de desayunar de buffet, tumbarnos en la hamaca de la piscina y bañarnos en la playa… pero oye, ¡que bien sientan también los días así!

Llega el momento de abandonar estos lujos y ponernos en camino a una nueva zona de Tailandia de la que nos han hablado mucho, tanto para bien como para mal, y que nos apetece mucho comprobar por nosotros mismos.
De lo que estamos seguros es de que Tailandia esconde islas realmente bonitas en su Mar de Andaman y que, los poquitos sitios que hemos podido visitar nosotros, nos han parecido un auténtico paraíso.

