De Sídney a Melbourne

Amanecemos en Sídney, en el barrio en el que hemos estado durmiendo todos estos días y al que ya llamamos “nuestro barrio”. Ya nos gustaría, con los casoplones que se gastan aquí. Sin ir más lejos, según abrimos la puerta de la furgo con nuestra cara aún de dormidos, nos encontramos a un señor levantando pesas con su entrenador personal, el cual le ha llevado y montado el gimnasio entero en mitad del parque.

Desayunamos y nos ponemos manos a la obra para salir de Sídney. Y digo manos a la obra porque es un verdadero trabajo salir de esta ciudad sin pasar por un peaje. Al final, aunque configuramos el navegador para evitarlos, acabamos dando más vueltas que una peonza y pagando peaje como todo bicho viviente. Pero bueno, nos hemos quitado media hora de viaje hasta nuestro siguiente destino, las Blue Mountains.

El Parque Nacional de las Blue Mountains se encuentra a escasas dos horas de Sidney y recibe este nombre por el color del que se ven las montañas cuando se ven desde lejos. Es un efecto óptico creado por partículas en suspensión y el agua, en forma de humedad, que las atraviesa y les da este color azul. Pero estas montañas tienen especial importancia desde hace más de 20 mil años, cuando los primeros aborígenes llegaron a habitarlas. Aquí vivieron durante años y se conservan muchas muestras aún de ello en cuevas y bosques. Cuando los británicos llegaron las consideraron impenetrables y nunca se lanzaron a internarse en ellas hasta que pasaron muchos años.

Llegamos y aprovechamos directamente para comer en un área de servicio con mesitas que nos encontramos. Desde aquí nos acercamos al pueblo principal de esta zona, Katoomba y donde está el Echo Point, uno de los miradores más famosos de todo el parque. Y cuando llegamos y lo vemos, entendemos el porqué de su fama. Hasta donde miramos al horizonte vemos más y más y más cadenas montañosas, increíble. Además, se ven también las “3 hermanas”, un conjunto de 3 formaciones rocosas que parecen sujetas como por arte de magia.

Como esta tarde no tenemos tiempo para hacer ninguna de las rutas que más nos apetecen del parque, nos dedicamos a ir de mirador en mirador contemplando las vistas. Aquí tenemos que decir que, en uno de estos tramos de carretera, nos encontramos un campo de futbol inmenso con unos vestuarios al lado. Nos acercamos y vemos que hay duchas… pero es que encima, cuando las encendemos, ¡¡¡sale agua caliente!!!! Desde el 13 de enero que aterrizamos en Australia y que nos dimos una ducha con agua caliente en el hotel en el que dormimos esa noche, no hemos vuelto a disfrutar de este lujazo. Si nos hemos duchado, claro (malpensados), ¡pero siempre con agua fría! Así que nos vamos corriendo al coche, preparamos una mochila rápida para que no se vean mucho las toallas y nos vamos a pegar una ducha en condiciones.

Renovados, continuamos hasta el siguiente punto, las cascadas de Katoomba. En el aparcamiento nos encontramos, por lo menos, con 100 cacatúas que se han acercado a ver si cogen algo de los otros visitantes que hay sentados por las mesas. A escasos dos minutos andando llegamos hasta ellas.

Vemos que el sendero sigue un poco más, por lo que continuamos andando unos 10 minutos (momento en el que vemos un wallabie, ¡el primero!) hasta que llegamos el mirador de “Eagle Hawk”. Las vistas desde aquí son chulísimas, con todas las montañas, las “3 hermanas” de fondo y un salto de agua enorme procedente de las cascadas Katoomba.

Lo último que nos da tiempo a hacer hoy es acercarnos hasta el mirador “Cahill’s”, uno de los varios que tiene el parque orientados hacia el oeste y donde se puede ver una bonita puesta de sol los días despejados. Tenemos suerte y, como llegamos prontito, podemos coger un sitio entre las piedras y sentarnos. La parte mala es que, 10 minutos antes de que se ponga el sol, el mirador se llena de autobuses de chinos que han tenido la misma idea super brillante que nosotros. Aun así, las vistas merecen la pena.

Todo nuestro gozo en un pozo. La alarma suena a las 6 para empezar pronto nuestro trekking pero fuera… está diluviando. Sin perder aún la esperanza, desayunamos, recogemos la furgoneta y nos acercamos hasta el punto donde empieza la caminata que queremos hacer hoy, el National Pass. Son las 7 y sigue lloviendo. Las 8 y seguimos aparcados en el parking, dentro de la fugo, esperando a que despeje mientras el cielo se pone más y más gris y la lluvia cae más fuerte…Al final nos damos por vencidos y decidimos finalizar, con el buen sabor de boca de ayer, nuestra visita a las Blue Mountains. Es verdad que nos hubiera gustado hacer por lo menos un par de trekkings por la zona y haber disfrutado un poco más de la naturaleza, pero no puede ser. 

En el coche, camino al sur, vamos hablando de cómo de diferente es lo que entendemos nosotros por verano a lo que ocurre aquí en Australia. Es verdad que es un país enorme, con climas muy muy diferentes, desde el desértico en el centro de la isla hasta el tropical en la parte norte. En la costa este, la zona que nosotros estamos recorriendo, oscila entre subtropical y templado por lo que, aunque en el subtropical son más normales las lluvias, en el templado deberían de ser estacionales. Pues no. Todos, todos, todos los días desde que hemos puesto un pie en Australia nos ha llovido. Más o menos, casi siempre por la noche, pero ha llovido. Es verdad que no es una lluvia que venga asociada a frío y que, media hora después de que empiece a llover, escampa y la temperatura sube hasta los 30ºC, pero llueve.

Llegamos hasta Jervis Bay, una bahía muy bonita de la cosa este de Australia, con una de las arenas más blancas. O eso es lo que hemos leído al menos, porque aquí el día sigue gris gris y ha estado lloviendo también antes, por lo que la bahía se ve bonita, pero estamos seguros de que no todo lo que luciría un día de sol. Y como este no quiere salir hoy, decidimos buscar un camping e ir ya hacia allí para aprovechar el tiempo e ir preparando los próximos días.

Aparcamos en el lugar que nos han asignado en el camping Tasman y, cuando nos acercamos a ver las duchas, ¡sorpresa! 

Un grupo de unos 7 canguros se dejan ver al final de una de las calles del camping. Nos acercamos un poco a ellos y vemos que éstos, en lugar de mirarnos con precaución, son ellos los que hacen por acercarse hasta nosotros. Claro, la primera vez nos quedamos quietos quietos no vaya a ser que con un movimiento o algo se asusten y se les cambie el carácter. Pero vemos que están muy acostumbrados a la presencia humana, es más, son ellos los que se acercan desde el bosque de alado hasta aquí, suponemos que a ver si encuentran algo y a comer este césped verde verde bien cuidadito. Un señor local nos ve como estamos alucinando con los canguros y se acerca para decirnos que les encanta la pasta fresca, sin cocer, ya sean macarrones o espaguetis. Así que salimos disparados hacia el coche y sacamos nuestras reservas de macarrones, para volver en busca de los canguros. Y efectivamente, cuando llegamos y nos agachamos con un poco de pasta en la mano, poco a poco se van acercando los canguros a comerla. ¡Qué pasada! Ni en el mejor de los escenarios nos podíamos imaginar que íbamos a acabar el día rodeados de 3 canguros comiendo de nuestra mano.

Hoy, 31 de enero, dan mal tiempo también por lo que decidimos aprovecharlo para seguir hacia el sur. Llegamos hasta el lago Wallaga y decidimos coger un camping que está a orillas del lago y que tiene también duchas de agua caliente, que con los días que estamos teniendo tan grises, apetece. Cuando llegamos, nos enamoramos del sitio en el que acampamos. Esta completamente a orillas del lago, con la montaña Gulaga de fondo. La verdad que la paz que se respira aquí es increíble. La zona está llena de barquitos de pesca, kayak con los que la gente sale a dar una vuelta por el lago y muchos animalejos como pelícanos, cormoranes, gaviotas… y esperemos que no más jeje.

Pasamos la tarde planeando los días por delante hasta que cae la noche y vemos que algunos campistas aprovechan para hacer hogueras así que salimos rápidamente a dar un paseo por el camino de alado que recorre el río, hacemos acopio de leña y volvemos a la orilla del lago donde empezamos a preparar nuestro fuego.

Ya bastante tarde, casi las 11 de la noche, cuando es completamente de noche y está bastante oscuro, empezamos a ver unos brillos en el agua. Al principio nos quedamos extrañados, ya que no hay luna ni muchas estrellas se dejan ver por las nubes, por lo que no sabemos a qué puede ser debido. Pero cada vez estos reflejos son más y más y aparecen en más sitios, no sólo en las pequeñas ondulaciones de olivas que pudiera crear el viento sobre el lago. Extrañados, nos levantamos y nos acercamos hasta la orilla y al poner un pie sobre una zona húmeda, en la que durante la marea alta estuvo inundada, es cuando vemos que un brillo, muy muy tenue, ilumina todo alrededor con forma de circulo. Apoyamos otro y de nuevo esta luz se expande, como una piedra cuando cae en mitad de un lago y provoca ondas circundantes hacia fuera. ¡¡Es bioluminiscencia!! Muy muy tenue, pero ahí está. Nos dedicamos a coger pequeñas piedras o concitas que hay en la orilla y las tiramos al lago, para ver cómo se crean esos círculos azules muy muy claritos y super brillantes alrededor de donde caen. Jo, llevábamos años queriendo ver este fenómeno y, aunque habíamos leído que en esta zona algunas veces se había visto, se tienen que dar muchas condiciones para que sea visible por lo que habíamos descartado totalmente el poder verlo. Sin embargo, aquí estamos, super felices disfrutando de ella. Y aunque no hay ninguna foto que podamos enseñar de esta noche, quedará siempre grabado en nuestra memoria.

Al dia siguiente amanecemos con una paz increíble. Hace un día estupendo así que aprovechamos para desayunar tranquilamente al sol mientras contemplamos el lago. Hemos decidido quedarnos un día más en este camping, ya que estamos super a gusto y hay varias cositas que ver por los alrededores. Vamos a conocer el pueblo de Tilba Tilba y ya sólo la carretera que nos lleva hasta él es impresionante. Todo el campo de color verde intenso, con pequeñas colinas que van haciendo zigzaguear la carretera, no podemos evitarlo y nos paramos a un lado de la carretera para sacar el dron. Tenemos que dejar constancia de esto.

Cuando llegamos al pueblo de Tilba Tilba nos parece que nos hemos metido en una máquina del tiempo y hemos retrocedido más de 100 años. Este pintoresco pueblo surgió a finales del siglo XIX como asentamiento minero y conserva todos los edificios tal cual eran en el 1873, cuando las primeras familias levantaron sus casas de madera. Ahora, la mayoría de las entradas de las viviendas se han convertido en cafeterías, tiendas de manualidades o recuerdos y alguna que otra juguetería con juguetes de madera. 

Además, hay también un pequeño pub-hotel que ofrece habitaciones para pasar la noche y una de las primeras fábricas de queso de toda Australia. Por supuesto no podemos resistir la tentación y nos acercamos hasta la fábrica a probar algún queso (aunque en Australia en las queserías hemos visto que solo hacen gouda, pero está igual de bueno) y a tomarnos un batido de chocolate hecho con leche de vaca recién ordeñada, ¡para chuparse los dedos!

De aquí vamos a Narooma, un pueblo costero muy bonito, con una pequeña playa recogida de agua azul clarita y una zona con bancos y mesas donde aprovechamos a sentarnos a comer. Pero antes de ir a pegarnos un baño refrescante, paseamos por el espigón que han creado para facilitar la entrada y salida de embarcaciones del puerto. La cosa es que, cuando estamos andando, nos viene un olor ya familiar y que nos recuerda a aquella vez que vimos un asentamiento de focas en la Costa de los Esqueletos de Namibia (difícil de olvidar ese olor a amoníaco horrible pegado a la piel…). Nos asomamos un poco al lateral del espigón y descubrimos una señora foca tumbada en una piedra al sol y a su cría en el agua nadando y jugando con la corriente. ¡No nos lo creemos! No teníamos ni idea de que aquí hubiese focas. Pero es que, levantamos un poco la vista y, 10 metros más adelante, otras 10 focas están jugando entre ellas en el agua y varias más se secan tumbadas en las piedras al sol. Por supuesto nos acercamos hasta ellas y nos quedamos un rato viendo como bailan y juegan en el agua.

Nos damos un baño, de esos de los que hay que pasar el susto de verdad para conseguir entrar en el agua pero que luego se está la mar de bien ahí dentro, y salimos a comer en las mesas de madera. Cuando nos estamos yendo, vemos que, en la zona del puerto, alado de unos baños, hay habilitada una manguera para endulzar las embarcaciones cuando los coches las sacan remolcadas del agua. Y alado hay una mesa que parece un sitio donde colocar el pescado que han recogido ese día y limpiarlo. Todo ello presidido por una bandada de cormoranes que esperan en lo alto de las rocas. 

Cuando nos bajamos a verlos de cerca, un señor mayor nos dice que si queremos ver las rayas, salpiquemos en el agua. Nos miramos con cara de “no hemos entendido bien lo que nos ha dicho en inglés… ¿ha dicho rayas?” y por si acaso le preguntamos “pero… rayas, ¿de rayas de agua?” el señor nos dice que sí que sí, que no flipemos tanto y que movamos el agua y ya está. Pues bien, cuando bajamos a la rampa, nos encontramos la primera foca nadando en el agua, la cual decide bailarnos un poco y tumbarse a escasos dos pasos de nosotros en la rampa en la que nos encontramos a tomar el sol. 

Intentando esquivarla para no molestarla en su sueño, desde una esquina de la rampa movemos el agua. Y otra vez. Nada, aquí no aparece nada. Claramente hemos tenido que entender al señor mal, ¿cómo iba a haber aquí rayas? Y estamos dándonos ya la vuelta para despedirnos de la foca e irnos cuando de repente una raya águila ENORME aparece y pasa tranquilamente nadando alado de donde estamos. ¡¡Una raya!!

 Ahora que ya sabemos que hemos entendido bien y que las rayas están ahí, nos dedicamos a abrir el grifo que los pescadores usan para limpiar el pescado para llamar la atención de las rayas, ¡y vamos que si aparecen!

Después de un buen rato disfutando del momento, regresamos al camping a las orillas del lago y repetimos modus operandi del día anterior: vamos a recoger leña por el caminito de alado, preparamos un fueguito y esperamos que se haga de noche mientras disfrutamos de la hoguera e irnos a la cama con una sonrisa en la cara.

Nos despertamos con calma, desayunamos con nuestras vistas al lago, disfrutando del buen tiempo que también hace hoy y de lo tranquilos que estamos aquí, hasta que toca ponerse en marcha. Hoy tocan kilómetros por delante para irnos acercando poco a poco hasta Melbourne. Nos despedimos de nuestra vecina, que ha sido super simpática y con la que hemos hecho muchas migas y seguimos.

Los paisajes durante todo el camino son muy bonitos, con pequeñas montañas, enormes valles surcados por el río que vamos siguiendo y casas salpicadas en el paisaje con enormes terrenos donde tienen su ganado y sus caballos. Y todo ello de un color verde impresionante.

La primera parada que hacemos es en el pueblo de Bega. Éste es el más grande de la zona y además tiene especial relevancia porque es la casa de una de las queserías más importantes del país. De hecho, en lo que era la antigua fábrica tienen un museo montado en el que explican cómo comenzaron con el que en un principio fue un pequeño negocio familiar. Nos acercamos a verlo y ya de paso a comer un poquito de queso que tienen siempre puesto para probar antes de comprar.

El siguiente pueblo en el que paramos es en Merimbula. Éste se encuentra ya en la costa y su playa es enorme. Aprovechamos para acercarnos, pasear un poco y estirar las piernas mientras vemos una más de las inmensas playas que tiene Australia. Es algo que, por mucho que vayamos viendo, nos sigue dejando con la boca abierta. 

Eden se encuentra un poco más al sur y es un pueblo conocido por su pasado relacionado con las ballenas y las orcas. Con la llegada de los primeros británicos a la zona, éstos se dieron cuenta de que esta zona de la costa era un lugar de tránsito de estos cetáceos en su migración desde la Antártida hasta zonas más australes. Lo curioso del caso es que, para llevar a cabo este cometido, contaban con una ayuda extra y muy peculiar: las orcas. Estos animales, que son considerados uno de los mayores depredadores de la naturaleza (a tomar por saco todo el trabajo que hizo “Liberar a Willy”), arrinconaban al grupo de ballenas a su paso por la bahía y, una de las orcas macho de mayor tamaño a la que llamaban “viejo Tom” levantaba su cola y golpeaba el agua para llamar la atención de los pescadores y hacerles saber que ahí tenían a las ballenas, listas para ser cazadas. Igualmente les ayudaban durante la caza de la ballena, mordiéndola, y luego en su remolque hasta la playa. Hoy en día existe un museo en Eden donde enseñan todo esto y conservan el esqueleto del “viejo Tom” que tanto les ayudó en sus cacerías.

De aquí llegamos hasta Cann River, donde haremos noche hoy en un camping gratuito que hay con baños y duchas, para seguir mañana hasta nuestra siguiente parada.

Nos levantamos y nos ponemos enseguida en marcha, ya que hoy tenemos casi 5 horitas de coche. Queremos llegar desde Cann River hasta Wilsons Promontory, un enorme parque natural situado en la parte más al sur de la isla.

Por fin, un poco antes de la hora de comer, cruzamos la puerta de entrada del parque. Sin embargo, un cartel puesto en la puerta ya nos avisa de que el camping en el que queríamos dormir esta noche ya está lleno. Aun así, decidimos ir primero hasta Tidal River, el pueblo en el que está el camping, que se encuentra a una media hora desde la entrada, para probar suerte allí.

Cuando llegamos nos dicen que están llenos (es sábado y a los australianos les encanta irse de fin de semana de camping) pero nos informan de cuáles son los puntos fuertes del parque para visitarlo en un día.

Nos acercamos primero a Squeaky beach que recibe su nombre por el ruido que hacen los pies al rozar con la arena ¡squeaky! ¡squeaky! Esto es algo que ya habíamos notado en casi todas las playas de aquí de Australia y en muchas del sudeste asiático. Cuando la arena es muy muy clarita y muy fina, al pasar los pies sobre ella, hace como un pequeño chirrido muy gracioso.

La siguiente playa es Picnic Bay y Whiskey Bay, dos playas más pequeñitas, con menos gente que la anterior pero igual de bonitas y con el agua igual de fría. El susto que hay que pasar para meterse aquí al agua…

Por último, hemos dejado para la hora del atardecer uno de los trekkings más conocidos de esta parte. Aunque es un camino muy sencillo con unas vistas normalitas, lo que hace especial al Prom Wildlife Walk es que es relativamente fácil ver a la mayor parte de la fauna que vive en el parque.

Nada más que empezamos a andar, oímos unos ruidos y unos matojos moviéndose. Cuando nos acercamos, ¡un simpático wombat está poniéndose puo a helechos! No los habíamos visto hasta ahora y la verdad es que son súper graciosos. Son marsupiales, pequeñitos y con las patitas muy cortas. A nosotros nos recuerdan mucho a sus familiares los koalas, aunque estos no se han adaptado a la vida en los árboles y viven entre los arbustos o en los agujeros subterráneos que ellos mismos cavan.

Después de un buen rato viendo a este simpático animal, seguimos andando por un sendero que nos lleva hasta una enorme explanada donde, allí donde miremos, vemos canguros, canguros y más canguros.

Vamos andando entre ellos, algunos nos miran con atención y otros no nos hacen ni caso y siguen comiendo hierba. Vemos muchas crías jugando entre ellas y canguros al fondo saltando de un sitio a otro.

Y de repente, a lo lejos, Carlos ve uno de los animales que nos quedaba por ver aquí: un Emú. Dejamos por un momento a los canguros y nos acercamos hacia dónde se encuentra esta ave. Estos animales son aves no voladoras y de las más grandes del mundo después de las avestruces. Cuando nos acercamos a ella, la vemos idéntica a sus primas las avestruces, a diferencia que el pelaje de esta es marrón.

El sol ya se ha ido por lo que, muy a nuestro pesar, toca volver al coche. Eso no quiere decir que en el camino de vuelta no nos entretengamos otra vez con todos los canguros que han salido ahora a la llanura a comer hierba y con otro simpático y amigable wombat que nos encontramos por el camino. Justo antes de llegar al aparcamiento, vemos en el mismo sitio donde le hemos dejado antes y haciendo exactamente lo mismo (comer hierba) al primer wombat que vimos nada más entrar en el parking. Nos quedamos otro rato con él hasta que un grupo de chinos nos ve, se acerca, ponen sus cámaras en la cara del pobre animalito y este acaba harto y se va. Qué pena de turismo éste, en fin…

Conducimos media hora hasta Foster, poniendo especial atención a la carretera ya que en cualquier momento pueden aparecer animalito (vemos varios muertos en el arcén) y en una esquina de un aparcamiento del pueblo, sin molestar mucho, nos echamos a dormir hasta el día siguiente.

Como ayer se nos hizo un poco tarde entre el paseo al atardecer para ver animales y luego llegar hasta el pueblo en el que dormíamos, hacer la cena y encontrar un sitio donde aparcar la furgo, hoy se nos han pegado algo las sábanas.

Nos ponemos en marcha con la misión de encontrar una lavandería autoservicio donde lavar sábanas y ropa. En el camino paramos a hacer alguna comprita y seguimos hasta la isla Phillip donde queremos pasar hoy el día.

Al llegar a la isla (que está comunicada por puente) hacemos una primera parada en Woolamai ya que hemos visto que puede haber buenas olas y que, a veces, los hermanos Hemsworth están por aquí surfeándolas, ya que es donde nacieron y aún viven sus padres. Cada uno vamos buscando una cosa, pero al final ninguno de los dos tenemos suerte. Ni buenas olas ni hermanos por ningún sitio.

De aquí ya sí que nos vamos hasta la lavandería donde conocemos a una madre y su hija súper majas, quienes nos hablan de los mejores sitios de la isla y nos dan su código de descuento para lavar.

Comemos y vamos a seguir viendo rincones de la isla. Paramos en Right Point, desde donde vemos una de las olas más conocidas de la isla y donde hay un grupo de surfistas bañándose, al igual que en la playa de alado, Shelley Beach.

Seguimos el camino por la cara sur de la isla y en el que se suceden miradores con unas vistas impresionantes a la parte de los acantilados. Además, al otro lado del camino, ¡se dejan ver muchísimos wallabies!

Para acabar el día salimos de Phillip Island hasta la playa de Kilcunda, donde vemos este increíble atardecer para acabar un día más súper chulo aquí en Australia.

Nos levantamos y, tal como decía el pronóstico del tiempo, está lloviendo asique decidimos marcharnos a conocer la ciudad de Melbourne, ya que para estar en la playa no está. Tardamos casi dos horitas en llegar, evitando los peajes de entrada en la ciudad. Aparcamos en la cara sur del río, alado del jardín botánico y nos vamos a recorrer la ciudad.

La primera visita es al jardín botánico, el cual se une con otros parques, como el de “Garden of Rememberance” hasta donde llegamos paseando entre los árboles y flores. Este monumento fue construido para recordar a todos aquellas mujeres y hombres que lucharon y sirvieron por su país en los diferentes conflictos y guerras.

Seguimos andando por la enorme avenida de este monumento y pasamos por el museo de arte de la ciudad, hasta que llegamos al puente que nos cruza a la cara norte del río Yarra. A la derecha queda la Plaza de la Federación, llena de gente sentada en las sillas que hay por ella repartidas. Aquí está también el IMC, un museo relacionado con el cine y en el que entramos y pasamos un buen rato viendo cómo ha evolucionado el séptimo arte en apenas unos años.

Justo en la manzana de enfrente se encuentran una serie de callejuelas llenas de arte urbano, muy conocidas en Melbourne, que reciben el nombre de “lane”. Una de ellas, de hecho, es en honor del grupo de música australiano AC/DC. Para nosotros, aunque hay algunos dibujos muy chulos, la mayoría son pintadas y firmas unas encima de otras sin mucho “arte”. A excepción, claro, de la AC/DC, que como diga que no me gusta, mi padre me deshereda.

Entramos también a ver la catedral de St Paul, de estilo neogótico y construida entre el 1880 y 1931, y aunque nos gustó más la de Sidney, el órgano y el retablo que tienen esta nos gustan mucho. 

La estación de tren es otro de los puntos más conocidos de la ciudad, la cual se encuentra en un edificio del 1991 muy bonito. Desde aquí sale una calle principal, llena de tiendas a los dos lados, que nos lleva hasta el barrio de Chinatown. Porque sí, aquí también tienen un barrio lleno de tiendas con productos chinos, restaurantes, tiendas de ropa, sitios de masajes…

En la siguiente manzana está la Biblioteca Estatal, inaugurada en 1856, con una enorme sala de lectura octogonal. Nos sentamos un rato en sus escaleras mientras vemos el ajetreo de la ciudad.

Alado de donde hemos aparcado el coche ahora por segunda vez está el barrio bohemio de Fitzroy. Nos dejamos caer por sus calles para ver las cafeterías tan cuquis que tienen, las tiendas de ropa y juguetes de segunda mano y las pinturas que tienen de arte callejero.

Pasamos por el Museo de Historia de Melbourne y llegamos hasta la Casa del Parlamento, donde un grupo de manifestantes a favor del alto el fuego en Gaza están concentrados al final de las escaleras.

Empieza a llover tímidamente y sumado a que no sabemos dónde vamos a dormir porque en Melbourne no hay ningún camping a un precio decente, nos subimos a la furgo y nos vamos a buscar un parque donde poder pasar la noche. Cuando llegamos al elegido, vemos que en el coche de alado hay dos chápales jóvenes con cara de agradecimiento al vernos aparecer y no ser ellos solos los que vayan a dormir ahí solos esta noche… ya sabéis, mal de muchos, consuelo de… jeje así los 4 nos hacemos compañía hasta la mañana siguiente.

Hoy queremos acercarnos hasta una nave que hemos visto que vende neoprenos a muy buen precio, pero como no abre hasta las 12 del medio día (los horarios de las tiendas australianas son un poco difíciles de entender, sí) aprovechamos la mañana que se ha levantado super soleada para acercarnos hasta la playa de St Kilda. Esta zona de la bahía de Melbourne está llena de mansiones con increíbles ventanales con vistas al mar, calles llenas de tiendas de moda y mucha gente despreocupada paseando por la calle. Pero lo que nos trae a nosotros hasta aquí es ver su playa de Brighton y sus tradicionales casas de colores sobre la playa, las cuales nos recuerdan mucho a las que vimos cuando estuvimos en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. 

Las hay pintadas de todos los colores, algunas con los colores australianos, otras con olas para surfear, otras con canguros… Nos lo pasamos pipa haciendo el bobo y sacándonos fotos en ellas, cuando nos dejan un hueco los grupos de chinos que están ahí con nosotros.

A las 12 estamos en la nave de Andy para ver los neoprenos que tiene y si alguno le sirve a Carlos para surfear estos días. Entramos a su almacén y es una locura, una mezcla entre cosas vintage con neoprenos de Rip Curl de los años 50, mezclado con ropa, patinetes o cacharros viejos guardados por el afán de guardar y guardar.

Pero, entre tanta cosa, aparece un neopreno de la talla de Carlos que le queda como un pincelito así que, sin pensárnoslo mucho, nos lo llevamos.

Ya estamos completos para empezar el que será el siguiente tramo del roadtrip por Australia: Torquay y la Great Ocean Road.