MIÉRCOLES 21 DE FEBRERO
Tras aterrizar en Auckland nos damos de cara con la primera: cruzar la frontera. Al igual que en Australia, para poder entrar en el país tienes que rellenar un formulario en el que declaras todo lo que llevas en el equipaje, incluido medicinas, ropa y zapatos de trekking, bañadores, aletas… Los primeros filtros los pasamos a la primera, el problema vino cuando un perro rastreador se plantó enfrente de la mochila de Carlos y no paraba de olisquearla. A nosotros se nos puso el corazón en un puño pensando que era un perro que buscaba drogas ( no porque las lleváramos, sino porque era empezar muy mal el cruce de la frontera) hasta que la guía canina nos empezó a preguntar si habíamos llevado comida en la mochila. Ahí nos dimos cuenta de que no era un perro rastreador de drogas, si no de comida, y nuestras cookies que habían viajado en ese bolsillo hasta que al salir del vuelo les dimos buena cuenta, habían dejado una imprenta irresistible. Aun así tuvimos que deshacer toda la mochila delante de una guardia de aduanas para que comprobara que ya no quedaba ni rastro de esa cookie (todos sabemos quién metió ahí las cookies).
Tras pasar el susto del perro, por fin estamos en tierras neozelandesas. Pero son las 05:30 de la madrugada asique buscamos una esquina en el aeropuerto para pegarnos una cabezada. No sabéis la de veces que pensamos en todos aquellos suertudos que esperan estas horas en hoteles por horas de los aeropuertos o salas VIP (os maldecimos).

Ya a las 8 y media, y tras un café como un camión, salimos del aeropuerto y cogemos el autobús lanzadera que nos lleva hasta el aparcamiento donde nos recibe Danny. Imaginaros al cantante de “Somewhere over the rainbow” que os muestra vuestra furgo en la que vais a vivir un mes. Pues ese es Danny.

Tras esto y pasar por un supermercado para rellenar la nevera (y reponer todas las cookies), nos ponemos en camino.
Hoy nos dirigimos a Coromandel, una península en la parte noreste de la isla norte. Por el camino el paisaje ya va dejándonos con la boca abierta, con increíbles miradores y carreteras llenas de curvas y rodeados de vegetación.
Después de dos horitas de coche llegamos a la playa de Hahei, donde Carlos, el dormilón, se echa una siesta muy a gustito con la brisa del mar. Con las pilas un poco recargadas empezamos el trekking para llegar hasta Cathedral Cove, una de las playas más bonitas de Nueva Zelanda y el principal motivo por el que hemos venido hasta aquí.
Antes de venir hemos leído en internet que el sendero que lleva hasta esta playa está cerrado por un ciclón que pasó por aquí el año pasado y que provoco varios desprendimientos en la zona. Primero nos acercamos hasta el inicio del sendero en coche y vemos que, para empezar, el aparcamiento está cerrado. Volvemos al pueblo y dejamos allí el coche aparcado, dispuestos a empezar una subida de media hora al sol solo para llegar hasta el aparcamiento que hemos visto cerrado.
Sin embargo, nada más que empezamos a andar, pasa el primer coche y le pedimos que pare. Ya habíamos leído que en NZ es sencillo moverte haciendo autostop. El buen hombre se ofrece a acercarnos sin dudarlo hasta el aparcamiento y ya de paso nos cuenta que antes venían muchos visitantes hasta aquí pero que desde que cerro el gobierno no ha hecho mucho por reabrirlo, lo que provoca algo de controversia entre sus habitantes.

Ya desde aquí comienza el camino, de unos 45 minutos, que nos lleva hasta Cathedral Cove. Este discurre, parte pegado a la zona de costa, y otra parte se adentra más en el bosque y es increíblemente bonito. Independientemente de que estuviese cerrado o no, nos juntamos a varias personas en el camino, lo que nos da una idea de lo que tuvo que ser en su momento en cuanto a turismo.
Pero es que nuestra cara, cuando por fin llegamos hasta la playa, es de alucine. Una enorme roca se yergue a la izquierda, atravesada por una enorme cueva, la cual, al cruzarla, te traslada hasta otra playa custodiada por un enorme pináculo.

Por si fuera poco, el agua es totalmente clara, de millones de tonos de azul, y la playa es muy virgen, se nota que lleva tiempo sin recibir demasiado turismo. Aprovechamos la tranquilidad que aqui se siente para andar por la orilla, sentarnos un poco a contemplarla e incluso sacar el dron para tener tomas como esta.

Cuando ya empieza a bajar el sol, nos ponemos en marcha de nuevo, que esta vez tenemos que llegar hasta abajo del todo donde está el coche aparcado y puede ser cerca de una hora perfectamente.
De aquí, antes de que se haga de noche, queremos acercarnos hasta Hot Water Beach, una playa en la que te puedes cavar tu propio agujero en la arena para hacerte un mini pozo, ya que del fondo emana agua caliente.
Llegamos al aparcamiento, enfrente de la playa, en el que dejamos el coche y nos ponemos rápidamente el bañador para irnos a dar un bañito caliente.
Cuando estamos bajando a la arena, Carlos que no puede parar quieto, decide hacerlo (en chanclas) por unas piedras redonditas que hay cubiertas de arenilla. ¿Cuál es el resultado final? Que por poco se mata y de recuerdo se levanta un buen trozo de piel del dedo gordo, haciéndose un verdadero destrozo… abortamos el bajar a la playa y nos vamos a buscar una fuente donde lavar bien la herida, quitarle toda la sangre y curarlo con gasas.
Ya curados buscamos una zona donde dormir, a mitad de camino de la costa oeste a donde queremos llegar mañana, y nos cocinamos unos pedazo de mejillones que nos hemos comprado hoy en el super de antojo.

JUEVES 22 DE FEBRERO
A primera hora nos acercamos hasta la playa de Raglan, una de las mejores zonas de surf de todo Nueva Zelanda. Cuando llegamos, flipamos con la enorme playa que nos encontramos, su color azul y su arena negra y las increíbles olas que tiene.

Vamos moviéndonos por los diferentes aparcamientos que hay a lo largo de toda la playa, a cada cual más chulo que el anterior.
Después de ver un rato a los surfistas pasárselo bien en las olas (esta vez Carlos no entra, no tenemos tabla) nos vamos hasta la cascada Brida Veil.
Dejamos el coche y a escasos 10 minutos andando a través de bosque, llegamos hasta el primer mirador, el cual se encuentra en lo alto de la cascada (y pensar que tenemos que bajar esos casi 50 metros…)

Pero la bajada se hace muy amena, porque vamos bajando y porque, aparte, vamos disfrutando de estas increíbles vistas

Una vez abajo nos sentamos en un banco y nos quedamos ahí un rato disfrutando de la paz de este sitio, que encima tenemos la suerte de pillarlo solos.

Nos armamos de fuerza y subimos las más de doscientas escaleras que hemos bajado antes y volvemos al coche, donde nos cocinamos algo rápido.
Por la tarde tenemos entradas para ir a ver las cuevas de Waitomo. Estas cuevas fueron descubiertas en el 1887 y saltaron a la fama dos años después, cuando comenzaron a organizarse visitas para entrar a verlas. El motivo de ello no son las formaciones de piedra en su interior, ni las estalactitas ni estalagmitas que hay, si no unos pequeños gusanos que brillan en la oscuridad.
Estos gusanos se encienden de un color azul brillante para llamar la atención de sus presas. Además, de ellos cuelgan una especie de hilos en los cuales, cuando las presas se acercan atraídas por el brillo, caen atrapadas.

En el interior de la cueva no están permitidas las fotos ya que, si alguno de estos gusanos recibe un resplandor, apagará su luz para protegerse de un posible depredador y no volverá a encenderse hasta pasadas unas cuantas horas. La foto de encima esta sacada de internet.
Empezamos la visita unas 30 personas adentrándonos en la cueva. Nuestra guía, una simpática maorí, nos cuenta la historia de la cueva, el proceso de formación a lo largo de millones de años… Y por último nos subimos a una barca por donde vamos, completamente a oscuras, por un pequeño canal, contemplando el techo de la cueva completamente encendido por estos gusanos.

La visita nos gusta, descubrir cosas así que hace la naturaleza siempre es increíble. Sin embargo, es verdad que a lo mejor esperábamos un paseo más largo en barca viendo estos gusanos (al fin y al cabo, es por lo que vas hasta allí) y no que el grueso de la visita fuese visitar una cueva. También es verdad que hay diferentes tipos de tours, en los que hasta llegas a hacer rafting y estas como 3 horas dentro, en los que suponemos que podrás disfrutar más tiempo de estos gusanos.
De aquí nos vamos en dirección a Matamata para dormir en Brocks Place, una granja familiar rodeada de un paisaje de árboles y colinas que al atardecer queda así de bonito.

VIERNES 23 DE FEBRERO
Nos despertamos al amanecer. Hoy tenemos una visita que nos apetece muchísimo y es que viajamos a la Tierra Media, ni más ni menos que hasta Hobbiton.
A las 8 de la mañana llegamos al set de rodaje, donde dejamos el coche y esperamos al autobús que te lleva hasta Hobbiton. Para hacer la espera más amena hay una cafetería y una tienda de recuerdos, que la dejamos para la vuelta porque ahora ¡¡sólo pensamos en irnos ya!! A las 08:30 puntuales sale el autobús y, tras escasos 10 minutos de trayecto, en el que además te van ambientado con escenas de las películas, llegamos a la zona de rodaje.

Nada más bajarnos del bus, un cartel de “HOBBITON” nos espera para indicarnos el camino a seguir. Nuestra guía, super simpática, nos cuenta algunas curiosidades del parque y ya seguimos el camino por el que Frodo entra con Gandalf la primera vez a la Comarca.
Cuando llegamos, no sabemos dónde mirar. Abrimos mucho mucho los ojos, intentando ver todo lo que nos rodea, y nos miramos el uno al otro con una sonrisa enorme diciéndonos “es increíble, estamos aquí… pellízcame que no me lo creo”.

La cara de tontos nos dura la hora y media que estamos recorriendo Hobbiton. Los detalles son increíbles, desde árboles frutales plantados de verdad, animales andando libremente por ahí, humo saliendo de las chimeneas y ropa de hobbits tendida en la cuerda de cada casa…

Y todos estos detalles tan bien cuidados y que te hacen sentirte un hobbit más llegan al máximo cuando una puerta de uno de los agujeros se abre y entramos al interior de una casa.
Su salón, con el fuego encendido y el rincón para la lectura; la habitación, con la cómoda, la ropa, la bañerita pequeña y la minicuna… y como no podía faltar, la enorme cocina donde hay varios pucheros al fuego y una gran despensa llena de todo tipo de comida para alimentar a un hobbit en todas sus comidas diarias.

De verdad que, si pudiéramos elegir un sitio en el que quedarnos a vivir, totalmente definitivo, sería en esta casa.

Por último, como bien saben los hobbits y para recuperar las fuerzas, cruzamos el puente que nos lleva hasta la taberna del Dragón Verde, donde una cerveza negra bien fresquita nos está esperando (si, son las 10 de la mañana, pero entra como la gloria).

Nos sentamos en sus butacones, frente a la hoguera que hay preparada, y deseamos poder quedarnos aquí.

Pero a la media hora nuestra guía nos despierta del sueño: toca dejar la Tierra Media y volver al mundo real. Cuando llegamos, nos dejamos caer por la tienda de recuerdos, donde no sería difícil dejarte un dineral comprando figuras de coleccionista y recuerdos. Vencemos a la tentación y seguimos nuestro camino. Eso sí, sin lugar a duda podemos decir que Hobbiton nos ha encantado, especialmente a Carlos que hacía mucho tiempo que no veía esos ojos brillar tanto.

Por recomendación de Eli (una amiga de Maca) nos acercamos hasta Putauru Blue Springs, un manantial natural con las aguas más azules cristalinas que hemos visto en nuestra vida.
Estas aguas provienen de las lluvias que caen en la meseta volcánica y, después de un proceso de filtración subterránea que dura entre 50 y 100 años, emergen en el manantial con una pureza extraordinaria. Además, estas suministran aproximadamente el 70% del agua embotellada en Nueva Zelanda.

De aquí nos acercamos a Rotorua a comer, un pueblo bastante grande y centro de la cultura maorí. En él hay muchas actividades que te llevan a ver poblados maoríes donde incluso hacen una exhibición de haka y comes su cena típica. Sin embargo, es algo que nosotros no terminamos de ver, así que damos simplemente un paseo por el pueblo y seguimos hasta Taupo.
Yendo hacia Taupo comprobamos la meteo que se espera para el domingo, día que tenemos previsto hacer uno de los trekkings más bonitos y conocidos de la isla norte y dan lluvia a rabiar. Sopesamos que hacer y la verdad es que este trekking nos apetece mucho así que buscamos un sitio donde dormir cerca esta misma noche y nos inscribimos para hacer mañana el trekking.
