Después de un transbordo en Ciudad de México de unas horas para que no nos pusieran ninguna pega en llegar a Cuba desde EEUU, y en el que casualmente nos juntamos con Luis y Olga, amigos de Madrid de la infancia, aterrizamos en el aeropuerto de José Martí. Hace bastante calor y encima, como hemos aterrizado unos 3 aviones a la vez, las colas que hay para sellar el pasaporte y entrar en el país son horribles.

A ello se le suma que, cuando pasamos nuestras mochilas por el arco de seguridad, nos ven el dron que llevamos en una de ellos y el escándalo que se monta aquí ya es pequeño. Parece que estemos entrando con la mayor carga de contrabando del mundo. Nos llevan a un mostrador aparte de aduanas, donde a un señor le están reteniendo su alijo de colonias y a una mujer una caja registradora. Después de esperar más de una hora para que terminen con ellos, llega nuestro turno. Hacen fotos al dron, apuntan todos nuestros datos, nos preguntan porque tenemos un dron y porque queríamos meterlo en el país… y finalmente, tras varios interrogatorios por parte de dos policías diferentes, conseguimos que se queden conformes, empaquetan el dron en una caja de ron y se lo llevan a un almacén a guardarlo, donde esperamos que lo encuentren el día que nos toque salir del país.

Conseguimos coger el autobús de las 18:30, dos horas y media después de haber aterrizado en la capital, y sobre las 7 y poco llegamos hasta la dirección del piso que hemos cogido por Airbnb para quedarnos estos días en la ciudad (Booking aquí no funciona, primera sorpresa que nos llevamos hace unos días cuanto empezamos a echarle un vistazo a La Habana). Patricia nos da las llaves del apartamento, una casa colonial enorme, con paredes altas y ubicado enfrente del Museo de la Revolución, alado de la Embajada de España.
Salimos a cenar algo, donde probamos por primera vez uno de los platos típicos del país, la ropa vieja, y enseguida nos volvemos a descansar ya que el día ha sido muy largo, pero, al final, hemos conseguido llegar sin ningún problema hasta nuestro destino.
Al día siguiente salimos pronto a dar un paseo por La Habana Vieja, a perdernos ya por sus calles, parando en cada rincón para sacar fotos, en alguna terraza con música para tomarnos algo… y, a media tarde, cogemos de nuevo el autobús alado de casa para acercarnos hasta el aeropuerto a recoger a Elsa, la madre de Carlos.

Para hoy, primer día de los tres en La Habana, tenemos cogido un free tour para conocer un poco más sobre este país. Durante casi 4 horas recorremos con Álex, nuestro guía historiador, toda La Habana Vieja, mientras nos va contando acerca de la historia del país, su situación actual, curiosidades y leyendas de la ciudad… hasta nos da para probar una fruta naranja, de la cual ya no me acuerdo el nombre, que parece puré de patata dulce.

Después de un merecido descanso, salimos a pasear por “El Prado”, un amplio paseo, rodeado de casas coloniales con unas fachadas increíbles, que conecta el Malecón con el Capitolio. Es increíble ver como las calles de La Habana, según va cayendo la tarde, se van llenando más y más de niños jugando al fútbol o a la pelota (su béisbol), parejas paseando y gente simplemente sentada en la calle disfrutando del fresco.

El tercer día lo empezamos visitando el Museo de Arte Cubano y el Museo de Arte Internacional de La Habana, los dos muy bonitos, y este último alojado en un increíble edificio que en su día fue la casa de la comunidad asturiana que migró hasta la Perla del Caribe, con una vidriera que representa la llegada de Colón hasta estas costas increíble.

Tras recargar fuerzas comiendo, por la tarde hacemos otro free tour, recomendado por Alex, para visitar la orilla este de la ciudad. En esta parte de la ciudad está el Cristo de La Habana, una figura de XX metros de mármol, el fuerte del Morro, donde el Che vivió una temporada al inicio de la Revolución, y el fuerte de San Carlos de la Cabaña, el último construido por los españoles para proteger la ciudad de ataques, donde hoy en día hay una exposición al aire libre acerca de la crisis de los misiles y donde, todos los días desde el s.XVIII a las 9 de la noche en punto, se dispara un cañonazo, el cual representaba el cierre de la ciudad.

El último día en la capital lo empezamos visitando la Plaza de la Revolución, donde se encuentra la construcción más alta de la ciudad, un monolito construido en honor a José Martí y que hoy en día es la sede del Partido Comunista. Enfrente, otros dos edificios del gobierno con dos retratos enormes de Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, rodean la plaza junto con la Biblioteca Nacional y el Teatro Nacional.

Después de acercarnos a la terminal de autobuses, que está a una cuadra de la plaza, cogemos un taxi para acercarnos hasta los almacenes Dan José Artesano, una enorme nave de dos pisos llena de puestos de artesanía, pinturas y recuerdos de la isla.
Para comer elegimos “El Chanchullero” recomendado por nuestro guía Carlos y uno de los sitios que más nos gustan de la ciudad, donde nos pedimos un par de langostas ¡¡por menos de 5€ cada una!!

Tras pasear los alrededores del Capitolio y tomarnos algún mojito, nos acercamos a ver la puesta del sol desde el Malecón, uno de los sitios más especiales de la ciudad. Durante todo el día y, especialmente a estas horas, está llena de gente, parejas de enamorados que pasean y solteros que buscan el amor; niños que juegan y ancianos que cuentan sus historias, músicos tocando sus melodías mientras los vendedores ambulantes gritan su mercancía, melancólicos que se acercan a mirar hacia “aquella lejana tierra” que se encuentra a algo más de 80 kilómetros y por la que arriesgan la vida para llegar hasta allí…

Hoy toca seguir visitando la isla por lo que, las 8 y media de la mañana, nos despedimos de Patricia para subirnos a una furgoneta compartida que nos lleva hacia el este, hasta el pueblo de Trinidad.
Después de 6 largas horas, llegamos a la casa en la que nos vamos a quedar, soltamos las mochilas y nos vamos a buscar un sitio donde comer. Después de un buen plato de espaguetis para reponer fuerzas, damos un primer paseo por el pueblo, como antesala de lo que nos espera mañana. Para cenar elegimos un sitio que tiene jazz en directo y repetimos langosta.

Aquí es donde descubrimos, y sufrimos en nuestras propias carnes, los cortes de luz que hay en Cuba. Unos dicen que, por falta de combustible, otros que porque no hay plantas suficientes para abastecer a toda la isla… sea como fuere, todos los días hay cortes de corriente en toda la isla (menos en Varadero y algunos barrios de La Habana) de unas 6 horas aproximadamente, siendo por la noche de 4 solamente para poder dormir, ya que con los 30 grados que hay no hay quien pegue ojo sin ventilador o aire acondicionado.
El día siguiente lo dedicamos a conocer el pueblo de Trinidad. Paseamos por sus calles empedradas, entramos a ver las iglesias de la Santísima Trinidad y la de San Francisco de Asís, visitamos el Museo Histórico y subimos a su azotea desde donde hay unas vistas increíbles del pueblo y todo ello lo vamos alternando con paradas a tomar café o beber algo para poder sobrellevar el calor.

Tras un ocaso muy bonito desde la terraza de nuestra casa, salimos a cenar unos crepes y hoy cambiamos el jazz por un club de salsa donde todo el mundo se lo pasa pipa bailando, mientras nosotros alucinamos con cómo se mueven!

Hoy, último día en Trinidad, lo aprovechamos para visitar un Parque Nacional que está a escasos 8 kilómetros del pueblo, el Parque del Cubano. En él, tras un sendero cortito y llano, llegamos a unas cascaditas naturales donde nos pegamos un baño para refrescarnos. Como es domingo y el día de la madre aquí en Cuba, hay bastante gente que ha tenido la misma idea que nosotros y se están dando un chapuzón.

Comemos en el buffet que hay en la entrada del parque y de ahí nos vamos a pasar el calor a nuestra casa de Trinidad hasta que cae el sol y salimos a dar una vuelta por el pueblo y a cenar, de despedida, de nuevo en el local de jazz una rica langosta.
Al día siguiente, para ir hasta Cienfuegos cogemos el autobús, el cual tarda una hora y media y en el que impera la ley del más fuerte. No hay asientos numerados ni nada, asique toca pelearse por subir al autobús e intentar coger el mejor sitio que puedas.

Cuando llegamos a Cienfuegos, la dueña de la casa en la que nos vamos a alojar nos dice que, con los cortes de corriente que tuvieron la noche anterior, los aires acondicionados le salieron ardiendo y que entonces no nos puede alojar. Pero nos ha buscado una casa cerca, la de Fernando, donde al final nos quedamos.
Salimos a comer al Villa María, lugar recomendado, donde nos comemos unos camarones y una ropa vieja que están de miedo. De ahí damos una vuelta por el pueblo, visitando la plaza José Martí, donde está la iglesia, el teatro Terry, el ayuntamiento e incluso un arco del triunfo, el único de toda Cuba.

Como el sol aprieta, regresamos a la casa ahora que hay corriente para aprovechar el aire acondicionado hasta el atardecer, que salimos a verlo desde el Malecón, ¡sí, Cienfuegos también tiene Malecón!

Y después de unos días de trote por Cuba, ¡llega por fin el momento de relajarse! Por delante tenemos dos noches de todo incluido en el Meliá Varadero que, la verdad, al final nos saben a poco.

Estas 48 horas las dedicamos a disfrutar de la playa y la piscina, rodeados de los rusos que tiene tomado Varadero, a comer y a beber. De hecho, la segunda noche hasta cenamos dos veces, una en el restaurante mejicano y otra en el japonés.

Después de dos días de puro relax, sin cortes de luz ni nada, toca volver a la realidad cubana. A mediodía cogemos un coche compartido que nos lleva hasta La Habana, donde haremos noche hoy para mañana salir, a primera hora, hacia Viñales. Y ya que pasamos por La Habana, nos acercamos a cenar al Chanchullero una rica langosta y a tomar algo en la Casa de la Música, donde se celebra la noche del Orgullo.

A primera hora de la mañana nos recoge el coche compartido que nos lleva a Viñales. Lo que pensábamos que iba a ser un viaje tranquilo, en un coche compartido entre 5 personas, acaba siendo casi 4 horas de coche, con 8 personas metidas en el coche y sin aire acondicionado.
A medio día llegamos al Airbnb en el que nos vamos a quedar un par de días. Está en la planta de arriba de la casa de Cristina y Elieser, un matrimonio cubano que empezaron en este negocio en 2019 para complementar sus ingresos como médico y profesor, pero la pandemia se cruzó por medio.
A través de ellos cogemos un paseo con calesa, en el que cabemos los 3, para conocer más de cerca el valle de Viñales. Salimos del pueblo y nos vemos rodeados de campos de cultivo, prados verdes y pequeñas montañas que reciben el nombre de mogotes.

Pasados unos 20 minutos paramos en una hacienda donde se dedican a la fabricación de puros y la elaboración de café y ron. Durante la siguiente hora nos explican todo el proceso, desde la plantación y secado de la hoja de tabaco hasta la elaboración del puro, nos enseñan cómo diferenciarlos y las características de cada uno. La producción de los puros más famosos del mundo (Cohiba, Montecristo, Romeo y Julieta, Partagaz) sale de aquí, de las hojas de tabaco plantadas en este valle cubano de características tan especiales.

Nos hablan también del café, de su recogida y tueste, así como de un ron específico que fabrican ellos, el ron guayabero, típico de esta zona y todo ello acompañado de una pequeña degustación.

A lo lejos escuchamos gritos y resulta que, hoy viernes es el día del campesino y han organizado carreras de caballos cerca de la Hacienda, asique volvemos a nuestra calesa y nos acercamos a ver el ambiente de cerca.

De vuelta al apartamento, nos acercamos a cenar a la calle principal y, sobre las nueve y media, cortan la luz. Todo nuestro gozo, que pensábamos que íbamos a tener corriente hasta las 12 al menos, en un pozo. Abrimos todas las ventanas, puertas y esperamos a que empezase a refrescar un poco según iban pasando las horas. Finalmente, a las 4 de la madrugada volvió la luz y pudimos, al menos, descansar un rato con algo de fresquito.

La primera visita de hoy es al palenque de los cimarrones. Durante los siglos en los que la esclavitud fue permitida en Cuba, muchos esclavos africanos llegaban hasta la isla para trabajar en los campos de azúcar de los colonos. A aquellos que lograban escapar de los ingenios y ocultarse en el bosque o la selva se les conocía con el nombre de cimarrones y eran buscados por cazarrecompensas, vivos o muertos, para cobrar una buena suma por devolverlos a su dueño.
Para protegerse y ayudarse entre todos los que habían logrado escapar, crearon los palenques, asentamientos donde convivían, se ayudaban unos a otros e incluso practicaban sus tradiciones culturales y religiosas africanas, las cuales estaban totalmente perseguidas y castigadas fuera de ahí.

En uno de los miles de mogotes que hay en el valle de Viñales se conserva hoy en día una gran cueva que sirvió durante muchos años como refugio a todas estas personas que lograron escapar y en la que muestran como era su forma de vida allí.

De aquí nos acercamos hasta la Cueva del Indio, un enorme sistema de cuevas, lleno de estalagmitas y estalactitas, descubierto en el 1920 y con un río subterráneo por el que se puede navegar. Mientras lo cruzamos, el guía nos va explicando los nombres que se les ha dado a las distintas formaciones según el parecido que les han ido encontrando.

La siguiente parada es el Mural de la Prehistoria, una de las pinturas murales más grandes del mundo, dibujada sobre la piedra caliza de uno de los mogotes del valle.
El motivo de esta representación aquí es la enorme cantidad de fósiles, tanto marinos como de plantas y vertebrados, que se encontraron en el valle, siendo testigo de la rica historia geológica y biológica de la región.

Para acabar la mañana y antes de regresar al pueblo a comer y reponer fuerzas, nos acercamos hasta el mirador del Hotel los Jazmines, desde donde se tiene una visión panorámica increíble de todo el valle de Viñales, rodeado de mogotes, con secaderos de tabaco y cultivos de café, guayaba, boniato…

Hoy domingo toca ya regresar a La Habana. Nos despedimos de nuestros anfitriones y nos subimos al coche que nos llevará hasta la ciudad y que, aunque esta vez lo compartimos solo con otro chico y empezamos con aire acondicionado, la felicidad dura poco en casa del pobre y a los 5 minutos se estropea y tenemos que ir el resto del viaje con las ventanillas hasta abajo.
Llegamos pronto a La Habana, asique aprovechamos para dejar las cosas en el apartamento y nos vamos a hacer las compras de recuerdos, café y regalos de última hora.
Por la tarde nos acercamos hasta el barrio del Vedado, una zona más moderna de la ciudad y donde se encuentra actualmente la Universidad de La Habana. Nos acercamos caminando hasta el Malecón para ver el atardecer, a la altura del Hotel Nacional, uno de los símbolos de la ciudad y de su glamur, donde se han alojado celebridades como Frank Sinatra, Ava Gardner o Winston Churchill.

Para cenar elegimos el Asturiano, un restaurante recomendado por todos los cubanos que hemos conocido hasta ahora y que hace honor a su nombre, ya que nos pedimos tres platos, uno para cada uno, y casi no nos podemos ni acabar la mitad y tenemos que pedir que nos lo pongan para llevar.
Hoy es el último día del viaje de la madre de Carlos, asique aprovechamos la mañana para dar un paseo tranquilo por la ciudad, tomar algo viendo las entretenidas calles de La Habana y comer de nuevo en el Chanchullero para despedirnos de él. Por la tarde nos acercamos hasta el aeropuerto con tiempo suficiente después de lo largo que fue el proceso de llegada, pero todo va mucho más sencillo y, sobre las 7 de la tarde, nos despedimos de ella en el aeropuerto con el corazón encogidito.
Como es nuestra última noche en La Habana salimos a tomarnos unos mojitos por ahí escuchando música cubana en directo, una de las cosas que más nos gustan de esta ciudad y que más vamos a echar de menos.

Hoy nos toca a nosotros cambiar de país y despedirnos de La Habana por lo que nos levantamos bien prontito para salir a pasear por última vez por La Habana Vieja. Además, como son las 9 cuando nos ponemos en marcha, la ciudad está aún muy tranquila y vemos como, poco a poco, las calles se van llenando de gente en sus quehaceres.

Nos compramos unos bocatas para comer ya que desde las 12 del medio día que salgamos del apartamento, vamos a estar de viaje dando tumbos por ahí hasta llegar a nuestro próximo destino a las dos de la madrugada. El motivo es que, aparte de coger un vuelo con escala que así nos sale más barato, tenemos que llegar con tiempo al aeropuerto para intentar recuperar nuestro dron.
Cuando llegamos el primer espectáculo lo tenemos con la aerolínea al ir a facturar. Nos dicen que nos cobran 50€ por facturar la mochila de Carlos, algo con lo que ya contábamos. Pero cuando les pedimos un recibo ya que la maleta tenemos que recogerla y ponerla de nuevo en otra cinta durante nuestra escala, nos dicen que si queremos factura tendremos que pagar 85€. Tal cual. Tras dar mil vueltas, hablar con unos y otros de la compañía y poner el grito un poco en el cielo, acaban tan aburridos de nosotros que nos dicen que no hace falta que paguemos, que se han dado cuenta que la mochila es tan pequeña que la meten como equipaje de mano.
De momento, 1-0 para nosotros. De momento. Pasamos el control de seguridad y en la aduana comenzamos a preguntar por nuestro dron. Nos quitan el papel que tenemos como justificante y lo dejan sobre una mesa a la espera de un oficial de aduanas que tiene que llegar pero que no saben cuando vendrá hoy. El reloj sigue corriendo y cuando ya empezamos a ponernos un poquito tensos, aparece un chico súper simpático que nos lleva hasta el lugar donde a la llegada nos lo requisaron. Tras otra larga espera allí, y ver cómo a la mujer de alado le están incautando unos micrófonos inalámbricos donde a nosotros nos quitaron el dron, por fin aparece la caga de ron Santiago de Cuba en la que está guardado nuestro dron… ¡y está vivito y coleando! Pagamos 950 pesos cubanos (algo menos de 3€) por la custodia y por fin llegamos a la puerta de embarque, con el dron con nosotros y la mochila de Carlos facturada.

Cuba es un país único. Tras un año y medio viajando podemos decir que es un país diferente a todos los demás que hemos visitado.
Es difícil explicar la situación en la que viven realmente los cubanos, con escasez general de productos, con un salario estatal mensual con el que ni siquiera se pueden pagar un kilo de arroz y una docena de huevos, sobreviven de la divisa extranjera que consiguen del turismo o de su ingenio. Precisamente por ello, profesiones tan valoradas en otros países, son casi “denostadas” en Cuba, como por ejemplo médico (pues como no tienen contacto con el turismo no pueden ganar extra de dinero).
Sin embargo, su gente es amable y muy servicial. La Habana es una de las ciudades más bonitas en las que hemos estado, una ciudad viva de día y de noche.

Es por tanto para nosotros un país diferente, tremendamente rico culturalmente, con playas preciosas, gente súper buena y muy seguro para visitar.
