Aunque intentamos pegar ojo en el viaje ya que llevamos en pie desde las desde las 3 y media de la mañana (y qué en pie), la carretera es algo trambolica, sumado a la tromba de agua que está cayendo, por lo que cuando llegamos a nuestro destino estamos rotos. Salimos a cenar algo rápido y nos despedimos de este día que ha sido increíble hasta mañana.

Dicen que el lago Atitlán es un lago único en el mundo. Ubicado en lo que fue una caldera volcánica, está rodeado de tres volcanes: San Pedro, Atitlán y Tolimán. A ello se le suman los pueblos indígenas, asentados en sus orillas, cada uno con sus propias costumbres y lenguas.
Pasamos dos días completos aquí, alojados en el pueblo de Panajachel, dedicándolos a visitar las diferentes localidades de la zona. Para ir de uno a otro hay un servicio de ferry público, por 20 quetzales (menos de 3€), que va parando por los diferentes embarcaderos de cada pueblo.
Empezamos por San Marcos La Laguna, un pueblecito muy pequeño y tranquilo, conocido para hacer retiros espirituales. Nosotros nos acercamos hasta él para ir hasta un salto de 13 metros de altura que tiene en su costa y que nos recomendó también el chico guatemalteco de México.
La primera vez que nos acercamos al borde impone bastante, pero enseguida le cogemos el gusto e incluso repetimos el salto, haciendo algunos un poco más el bobo.

El siguiente al que vamos, y que se convierte en nuestro favorito, es San Juan La Laguna. La zona más famosa que tiene es la larga calle que sale del muelle y se adentra en el pueblo, la cual está llena de paraguas de colores colgados y puestos de tiendas a ambos lados de la calle. Sin embargo, la parte más bonita viene después, cuando nos adentramos en él y todas sus calles empiezan a estar pintadas con increíbles murales indígenas.

Además, en la parte alta de una de sus montañas, está el mirador de Kaqasiiwaan con unas plataformas de nuevo súper coloridas y unas vistas al lago increíbles.

San Pedro La Laguna está pegado a San Juan, por lo que esta vez cogemos un tuk tuk para ir de uno a otro (aunque los 4 metidos en uno y con las cuestas arriba que hay nos cuesta llegar). Éste pueblo tiene mucho más ambiente de fiesta, con muchísimos bares a orillas del lago y restaurantes mucho más occidentales. Nos acercamos hasta la iglesia del pueblo, donde justo pillamos a las mujeres saliendo de la misa de hoy y la casa de un artista local que, con las donaciones que recibe, pinta y decora las calles de su barrio para hacerlo más atractivo y colorido.

Santiago Atitlán es el último pueblo que visitamos y el más grande de la zona. Éste alberga además una de las comunidades tz’otziles más numerosas de la zona, con su propia lengua, el tz’otzil.

Pero el principal reclamo de esta ciudad es el dios Maximon y su cofradía. Esta deidad está representada generalmente por una figura de un señor con sombrero el cual está continuamente con un cigarro en la boca encendido y rodeado de alcohol. Sus cofrades, para acompañarle, se pasan el día a su alrededor sentados bebiendo y fumando como él. Además, cada año cambia de ubicación, pasando por las casas de los diferentes cofrades, quienes le alojan en su hogar.

Y, por último, Panajachel, el pueblo en el que nos hemos quedado estos dos días. Es uno de los mejor comunicados, con mucho ambiente de noche también (aunque nosotros nos lo hemos montado con un pack de Estrella Galicia que encontraron Peter y Maka en el súper) y, eso sí, con uno de los mercadillos más grandes de la zona donde cae alguna que otra compra.

Aunque podríamos haber estado muchos más días en este lago por la sensación de tranquilidad y calma que transmite, toca moverse y es que nos han hablado, ni más ni menos, de un pueblo entre las montañas con un enorme mercado de artesanía.
Cogemos una furgoneta compartida y en un par de horas llegamos a Chichicastenango. Este pueblo, perdido en las montañas, es famoso por un motivo: todos los jueves y domingos viajan hasta aquí artesanos y vendedores de toda Guatemala y se organiza el mercado más grande de todo Centroamérica, ¡de todo Centroamérica!
Cuando llegamos está abarrotado de gente, de olores y de puestos. Aunque hay de todo un poco, abundan sobre todo las telas, ya sea en forma de manteles, colchas, cojines o ropa tradicional suya como huipiles, cinturones y faldas. Nos perdemos por él, entre empujones de los locales que pasan cargados hasta arriba, viendo toda la variedad de productos, preguntando precios y regateando alguna que otra compra que nos llevamos.

A la 1 de la tarde caemos desplomados y muertos de hambre en el restaurante San Juan, que nos han recomendado nuestros anfitriones de la casa en la que nos hospedamos y que nos acaba gustando mucho.
Por la tarde pasamos a ver la iglesia de Santo Tomás, centro neurálgico del pueblo, donde en sus escaleras se agolpan creyentes que van a rezar con vendedores ambulantes de cualquier cosa que se les ocurra.

En su interior, aunque alberga figuras cristianas, se nota la mezcla con lo indígena que existe. Además, de la cantidad de velas que arden en su interior, los retablos de pinturas están completamente negros. Hay varias personas rezando, e incluso una de ellas avanza de rodillas a lo largo de todo el pasillo central hasta el altar.
De aquí vamos a la segunda visita obligada en Chichi: su cementerio. En la cultura maya existe la tradición de pintar las tumbas de colores según la edad y/o sexo de la persona que descansa en ellas, lo que da lugar a cementerios coloridos de azul, rosa, amarillo, magenta…

Paseando por él vemos una especie de altares, donde hay grupos de personas alrededor de hogueras, realizando ofrendas (como puros, latas de bebida o plátanos) entre cánticos y rezos.

Quitando estos dos días en los que el pueblo se llena de gente y bullicio, Chichi es muy pequeño y tranquilo, con poquitas más cosas que visitar alrededor, por lo que al día siguiente nos ponemos en camino a nuestra siguiente parada en el país guatemalteco.
