El lunes a primera hora cogemos un nuevo minibus colectivo que nos lleva, después de un largo viaje de más de 8 horas, hasta el pueblo de Lanquín, más al norte del país, en el interior de la selva. Cuando llegamos son las 6 de la tarde y prácticamente de noche ya, por lo que aprovechamos la piscina del hotel para refrescarnos y relajar despúes del largo viaje.

A la mañana siguiente desayunamos pronto y con fuerza. Hoy hemos contratado una excursión para hacer diferentes actividades en la zona de Semuc Champey.
Nos recoge un Toyota Hilux con la parte de atrás descubierta y nos meten ahí, de pie, a los 15 que vamos a Semuc. El camino, aunque la mayor parte está ya en buenas condiciones, tiene todavía algunas partes de piedra que nos mueven bien ahí arriba.
Una vez llegamos a Semuc Champey paramos en la parte norte del río y comezamos las actividades. Nos ponemos de bañador y comezamos saltando al río Cahabón desde un gran columpio que te balancea hasta una altura de unos 4 metros.

Ya mojaditos, desde aquí, nos cogemos un “donut” de flotador y bajamos todo el río ayudados por la corriente que tiene, mientras echamos carreras con el resto y hacemos guerras de agua.

De aquí nos vamos a las cuevas de K’anba, a las que entramos sin más luz que la de las velas que nos da el guía. Éstas son unas cuevas húmedas y, en algunos tramos, tenemos que cruzar los ríos subterráneos que transcurren por la cueva y que nos llegan a cubrir completos.
Para acceder a la parte final de la cueva es necesario subir a pulso a través de una pequeña cascada de unos 3 metros que, aunque parece pequeñita, el agua empuja para abajo con una fuerza bestial. Pero aquí, a diferencia del principio donde hay más gente e incluso algunas con linternas frontales que rompen toda la magia, en esta parte reina el silencio absoluto y avanzamos solo con nuestras velas.

Cuando salimos de la cueva, un poco destemplados porque dentro hace bastante fresquito y el agua baja fría, nos acercamos hasta las cascadas de Semuc, donde nos damos un bañito y pegamos algún que otro salto (sí, en este país les encanta eso de los saltos de altura).

Es mediodía y el hambre aprieta después de lo ajetreada que hemos tenido la mañana, por lo que paramos a comer en un sitio con brasas que hay justo alado del puente.
Después de comer, pasamos a la parte propiamente dicha de Semuc Champey. Empezamos subiendo al mirador desde el que se pueden ver perfectamente las diferentes pozas que se han formado (eso sí, después de una subida de unos 20 minutos bajo una humedad asfixiante).

Y ya sí que sí, con el calor que hace, el esfuerzo de subir y la remojada que llevamos encima, nos vamos directos a pegarnos un bañito fresquito fresquito.
Hace miles de años, rocas grandes de piedra caliza cayeron de las montañas y crearon un puente sobre el río Cahabón. El río pasó sobre el puente durante cientos de años, desgastando poco a poco la roca y creando estas pozas, que hoy en día guardan esta agua de color azul turquesa intenso. Sin embargo, éste acabo haciendo un enorme sumidero en la parte previa a las pozas y hoy en día se oculta por debajo.

Echamos aquí el resto de la tarde, saltando de una poza a otra, tirándonos por los toboganes que las unen, y sacando fotos, el lugar es increíble.

El siguiente día amanece lloviendo en Lanquín, por lo que remoloneamos un poco por la mañana. Sobre las diez y media parece que escampa la lluvia así que, no nos lo pensamos dos veces, y nos vamos de nuevo hasta las pozas de Semuc.
Cuando llegamos aprovechamos que el sitio está prácticamente solo y disfrutamos de las piscinas naturales en total tranquilidad, solo para nosotros cuatro.

La verdad que este sitio se ha convertido en uno de los sitios que más nos ha gustado del país. Entre lo bonito del paisaje, el color del agua, el estar aquí tranquilos y disfrutar de cada uno de los rincones que vas descubriendo cuando te mueves de una piscina a otra… creo que todo ello ha sumado para que sea tan especial.
A mediodía, como sigue aguantando sin llover, más gente se anima a venir y toda la paz que teníamos se va al traste asique, recogemos nuestras cosas, y aprovechamos para volver a Lanquín a comer. Por la tarde se tuerce un poco el día, por lo que nos quedamos en la piscina del hotel cerca de cobijo si nos hace falta. Además, mañana toca otra vez viaje, esta vez ya el último, y con lo largos y tediosos que son aquí más nos vale estar descansados.

El día de viaje de Lanquín a Flores se hace eterno. Salimos a las 8 de la mañana de nuestro hotel y no es hasta las 5 de la tarde que por fin llegamos a la isla de Flores. Aparte el microbús es incomodísimo, con los asientos con barras que se te clavan por todos los lados, sin tener en cuenta las curvas de la carretera y la forma de conducir de los guatemaltecos… En resumen, cuando llegamos a nuestro nuevo destino estamos para el arrastre. Nos tomamos una cerveza, cenamos algo y nos vamos derrotados a la cama.
A la mañana siguiente nos levantamos con calma, algo que llevamos muchos días sin hacer, la verdad, y que ya nos pedía el cuerpo. Por la mañana nos acercamos hasta el pueblo en busca de un banco donde sacar dinero, algún sitio donde hacer una compra… pero la humedad que hay aquí es increíble comparada con las regiones en las que hemos estado antes en Guatemala, por lo que cuando acabamos todas las gestiones nos dirigimos a la zona del embarcadero a coger un barco que nos lleve hasta una de las playas que tiene el lago.

Aunque el agua está bastante caldo, se está mejor dentro que fuera y de momento el día nos da algo de tregua. Pero, cuando llevamos una hora y algo dándonos un baño, el cielo se pone más y más gris y empieza a llover a mares. En un claro que hay aprovechamos para regresar al pueblo y buscar un sitio donde comer.
Pero durante la tarde sigue y sigue lloviendo, por lo que nos resignamos y buscamos una cafetería donde tomarnos un postre/merienda en condiciones y, de aquí, saltamos a un bar a tomar unas cervezas con Nikie y Robbert, los holandeses que conocimos en la subida a Acatenango y con los que nos hicimos amigos.
Hablando de costumbres de cada país, de cómo funcionan las cosas en Holanda y en España, de los sitios a los que hemos viajado y todos los que nos quedan aún… nos acaban dando casi las 11 de la noche con ellos. Nos despedimos con la promesa de volvernos a ver o en Holanda o en España y nos vamos a dormir unas poquitas horas, que mañana toca de nuevo madrugón.

A las 03:30 suena el despertador. Sin apenas desayunar nada, preparamos la mochila con agua, algo de comida, los móviles bien cargados y nos vamos para la parada desde la que sale el autobús que nos va a llevar a nuestra excursión de hoy.
Después de un viaje en el que vamos todos prácticamente dormidos, llegamos cuando acaba de amanecer a las ruinas mayas. Son las 7 de la mañana y nos despedimos en la entrada del parque de nuestro guía. Tenemos hasta las 12 del mediodía para dedicárselo al yacimiento arqueológico de Tikal.

Ubicado en la selva del norte de Guatemala, Tikal fue un centro económico, político y militar significativo, una de las ciudades más ricas y poderosas del mundo maya. Aunque estuvo habitada desde el siglo VI a.C., no alcanzó su apogeo durante hasta el período clásico (250-900 d.C.), cuando alcanzó una población estimada de hasta 90.000 personas, dominando muchas otras ciudades mayas de los alrededores.
Posteriormente, le siguió un periodo de decadencia y “abandono” (aunque las ruinas nunca fueron completamente olvidadas por los habitantes locales) y no fue “redescubierta” por exploradores europeos hasta el siglo XIX. Sin embargo, a pesar de los numerosos esfuerzos desde entonces por sacarla de nuevo a la luz, se estima que solo el 15-20% de las estructuras han sido excavadas y restauradas, quedando más del 80% hoy en día enterrada bajo la densa selva tropical.

De sus impresionantes estructuras, pirámides, templos, palacios y plazas, destacan el Templo del Gran Jaguar y el Templo de las Máscaras. El Templo del Gran Jaguar, una pirámide escalonada de 47 metros de altura, sirvió como mausoleo para su gobernante una vez que falleció (y aparece en la película Star Wars Episodio IV). El de las Máscaras, justo enfrente, fue construido en el año 700 como monumento a su esposa, o eso se cree, aunque todavía no se ha encontrado su sepultura.

Pero el más alto de todo el yacimiento es el Templo IV, con unos 70 metros, y también una de las pirámides más altas de toda la antigua civilización maya. Las vistas desde su cima son impresionantes.

Después de más de 4 horas andando por la selva, completamente empapados de la humedad que hace, dejándonos sorprender por las diferentes estructuras y en busca también de monos, tucanes y pizotes, llegamos a la salida del yacimiento. Comemos algo para recuperar fuerzas y regresamos con el microbús a Flores, donde nos damos una ducha y salimos a comer algo (Carlos arroz, que no está muy católico de la tripa…).
Mañana por la mañana regresan ya a España Maka y Peter, con los que hemos estado una semanita en Costa Rica haciendo surfing y otro par de ellas recorriendo Guatemala, por lo que hoy es nuestra última tarde con ellos. Y aunque entre los planes estaba tomar cervezas durante la happy hour en un bar con vistas al lago y luego ir a cenar a un sitio super chulo que nos habían reservado con todo el cariño del mundo, el estómago de Carlos tenía otros planes mucho mejores… El pobre se ha pasado toda la tarde tirado en la cama con bastante dolor (y yendo al baño bastante a menudo). Pero como siempre lo más importante no es el dónde si no el con quién, hemos sustituido esas cervezas y esa cena en sitios chulísimos por unas pizzas en la zona común del hostel en el que nos quedamos. Y así, llega el momento de decir hasta pronto, tanto a nuestros amigos como a Guatemala, ¡pero pensando ya en el próximo destino al que se escaparan a vernos!

