A la mañana siguiente, con las pilas recargadas después del trekking a la cima del volcán, nos ponemos en marcha para ir a San Salvador, la capital del país.
Para movernos por El Salvador hemos decidido hacerlo todo en transporte público, dado que es super barato y está muy bien conectado en cuanto a frecuencia y distancias.
Nuestro anfitrión nos ofrece llevarnos al punto donde coger el transporte a San Salvador, así que imaginaos lo contentos de ahorrarnos 20 minutos de pateada con las mochilas a cuestas.
Una vez en la parada, otro salvadoreño amable nos avisa de cuál es nuestro bus y, tras pagar dos dólares por un trayecto de 1 horita y media, nos ponemos en camino. Pero no todo iba a ser un camino de rosas en la mañana de hoy… en mitad del viaje empieza a oler a quemado y el chófer del bus decide que se para en el arcén y que él no nos va a llevar hasta el final.

A regañadientes nos bajamos todos del vehículo y esperamos en el arcén de la “autopista” a que pase el siguiente autobús. Por desgracia el siguiente bus que llega va ya hasta arriba y, aunque nos deja subir a todos para no dejarnos ahí tirados, nos toca ir como sardinas en lata, con las mochilas metidas por ahí en medio donde caben.
Cuando estamos llegando a la ciudad, una buena señora nos pregunta a donde vamos y nos indica donde tenemos que bajarnos y que otro bus coger para llegar a nuestro hostel. Como si esto no fuese suficiente, otro buen señor ayuda a Scheherezade a bajar su mochila que se había quedado metida debajo de un asiento de la fila final del bus.
La verdad es que estamos alucinando con lo amables y lo serviciales que son los salvadoreños. Es increíble.
Tras seguir todas las indicaciones de la señora, llegamos sin problemas al hostel. Hacemos check in, dejamos maletas y nos vamos a dar una vuelta por el centro histórico.
Por supuesto, para llegar nos dejamos aconsejar por otra señora (le estamos cogiendo el gusto y es mucho mas fácil que consultar en internet).
Nada más que ponemos un pie en el centro histórico, nos quedamos alucinados con él. La vía principal que llega hasta la Plaza de Armas está completamente reformada y echa peatonal. Desde ahí uno puede recorrer todo el centro sin preocuparse por coches, motos, bicis…

Empezamos por la Plaza Central, el corazón de la ciudad desde dónde se puede visitar el Palacio Nacional, la Catedral, el Jardín Centroamericano, la Biblioteca Nacional, el Teatro Nacional y muy cerquita de aquí, la iglesia del Rosario.






La visita al Palacio es gratuita así que, sin pensarlo, nos metemos de lleno a ello, dejándonos 45 minutos super amenos, entrando de lleno en la historia de El Salvador.
Pero quizá lo que más nos deja flipando de este centro histórico no es su limpieza, seguridad o las pupusas del Francos (que están deliciosas y suuuper baratas!!)

Sino su biblioteca. Este edificio reconstruido en el año 2023 es sencillamente espectacular. Abierta todos los días del año, 24 horas al día, uno se pregunta porque no hay nada así en cualquier ciudad española. Y es que, cada piso está ambientado para diferentes edades. Desde libros para enanos con toboganes y juegos en la planta baja, hasta libros frikis en la 4ª-5ª.
Pero lo mejor de todo es que tiene una planta con videoconsolas. Los chavalitos que quieran jugar, primero tendrán que leerse un libro (o varios capítulos) y, tras hacerles preguntas sobre lo que han leído, si las contestan bien, les dejan jugar. Que forma más perfecta de fomentar la lectura. Sin mencionar el hecho de que así evitas que los jóvenes de este país estén haciendo lo que no deben por la calle.





Por último, las vistas desde el último piso (que cuenta con un restaurante con una pinta increíble) son también increíbles.

Tras darnos otra vuelta por el centro, tomarnos una cervecita con unas patatas sabrosas ceviche (nueva adicción) y disfrutar del ambiente “nocturno” (las calles están llenas de familias), nos vamos de vuelta a nuestro hostal, pensando nuevamente como les ha podido cambiar tanto la vida a los salvadoreños en tan poco tiempo.

A la mañana siguiente nos ponemos en marcha con destino a la costa. La zona del sur de El Salvador tiene fama por su infinidad de olas y destinos donde surfear. La zona más famosa es El Zonte, aun que cuando lo chequeamos era bastante caro por lo que el surfero del grupo termina por elegir La libertad.
Su ola Punta Roca es una derecha larga, así que con mucha ansia (unos más que otros) nos dirigimos hacia allí en transporte público (repetimos, la mejor manera de moverse).
Enfrente de la ola hay bastantes hostales y hoteles, pero también son bastante caros, por lo que decidimos quedarnos a dormir en un hostal al otro lado del rio. Lo malo de eso es que para ir a surfear la Punta hay que dar toda la vuelta. Sin embargo, el hostal es bastante cómodo, tiene cocina propia y diversas zonas donde pasar el tiempo.

Tras hacer check in y dejar nuestras cosas nos vamos a buscar sitios donde alquilar tablas. El primer sitio que visitamos es bastante pijo y tiene los precios muy elevados. Tras preguntar por los vecinos, nos recomiendan otro sitio llamado Ding Repair.

Aquí alquilamos una tablita para Carlos con una pinta imponente por apenas 8 euros al día.

Después nos acercamos a “la Punta” por el paseo marítimo que está lleno de restaurantes y comercios a pie de playa donde comer o tomarte algo.

Como vemos que no hay olas, pero sí que las hay enfrente de hostal, nos volvemos corriendo a la zona de nuestro hostel (al otro lado del río) y el bañito nos lo damos en la playa que queda justo enfrente.


Somos sólo 4 personas en el agua. Es difícil recordar donde y cuando fue la última vez en España que nos hemos dado un baño con tan poca gente. Aunque la ola no es nada del otro mundo, nos da para disfrutar como enanos y ver como unos chavales de 11-13 años se sacan unos aéreos y rascan hasta algún tubito enano.

Después de la sesión de surfing y de un increíble atardecer, nos vamos a buscar algo de cenar y hacer la compra en un supermercado. La idea es ir a dormir prontito que hay que madrugar para aprovechar el surfing.
Tras desayunar aprovechando la cocina del hostel, nos vamos nuevamente hacia la zona de la Punta. Esta vez llegamos hasta el final y vemos que nuevamente esta zona está totalmente reformada y preciosa, con jardines, palmeras, y una zona para ver a la gente surfeando.

La playa es espectacular. Por desgracia, no puede ser todo perfecto…faltan las olas.
Como ya estamos por aquí, decidimos quedarnos y disfrutar de la zona. Para comer, elegimos un restaurante del paseo marítimo donde vemos que hay multitud de estudiantes (tiene que ser barato, jejejeje).
Por la tarde, rascamos otro baño en la playa de enfrente de casa.

Viendo que la previsión daba como día bueno hoy y que no mejora por delante, decidimos adelantar planes y movernos al día siguiente a Nicaragua.
Tras ver como hacer el trayecto, decidimos hacerlo en shuttle ( no es nada barato) pero es que si quisiésemos llegar en transporte público tendríamos que coger cerca de 5-6 autobuses, dado que los autobuses no pasan fronteras y podríamos tardar un par de días fácilmente.
El Salvador ha sido un país que nos ha sorprendido muchísimo para bien; en un principio no estaba en nuestros planes pasar por aquí pero al final nos animamos y no hemos podido hacer mejor. Es sorprendente escuchar a la gente local como cuentan que hace apenas 10 años no podían cruzar de un barrio a otro o meterse por una calle menos transitada sin miedo a que los mataran. Dicen que esos momentos tan difíciles son los que les han hecho entender que tienen que ser una piña y ayudarse entre ellos, echarle una mano al prójimo porque, cuando ellos la necesiten, el prójimo estará ahí para ayudarles y solo así pueden salir y seguir adelante.
