Cruzamos a la isla sur de NZ: lagos, cascadas, playas… ¡y hasta glaciares!

VIERNES 01 DE MARZO

Aunque ayer al final nos dieron las tantas, hoy nos levantamos pronto, ¡tenemos muchas ganas de empezar a conocer la isla sur! Además, dan un día super bueno de tiempo, con sol, asi que no queremos perder ni un minuto.

Nos acercamos hasta el pueblo de alado a hacer una compra en el Pack N Save (aquí en la isla sur hay muchos menos supermercados de estos, por lo que queremos cargarnos de provisiones), echamos gasolina y nos ponemos en camino a nuestro destino de hoy: el Parque Nacional de los Lagos de Nelson.

Según empezamos a conducir ya nos damos cuenta de lo que caracteriza a la isla sur, mucho más montañosa y salvaje que la norte. Además, como la mayor parte de la población vive en la isla norte, en la isla sur son todo pueblecitos pequeños y muchas casas por el camino, desperdigadas, rodeadas de tierras, establos y ganado.

Llegamos a los lagos de Nelson, concretamente a Rotoiti, y, como todavía es bastante pronto, hay muy muy poquita gente y la paz que reina aquí es increíble. Nos sentamos en la orilla del lago y un cisne negro acompañado de unos cuantos patitos se acercan a saludarnos y, ya de paso, a ver si tenemos algo de comida para darles.

La mañana empieza a animarse y llegan muchos coches remolcando pequeños barcos de madera. Los echan al agua y comienzan a dar paseos por el lago. Nos recuerdan a los típicos barquitos de madera con asientos de cuero que recorren los canales de Venecia.

Mientras estamos sentados en nuestras sillas contemplando la estampa, se acerca un señor a hablar con nosotros. Su nombre es Chris y nos cuenta que este fin de semana hay una concentración de barcos en el lago que se celebra de forma anual y que incluye carreras y diferentes actividades. Ahora entendemos el motivo de que en una hora hayamos pasado de estar prácticamente solos a que haya más de 20 botes ahora en el agua.

Le preguntamos que cuál es el suyo y justo nos señala el que más nos había gustado, uno muy curvo que se asemeja a un torpedo y, de hecho, ese es el nombre que recibe. Nos dice que luego por la tarde lo echará al agua y dará alguna vuelta con él, que si estamos por ahí nos invita a subirnos con él.

Al principio no nos lo creemos mucho, pero por si acaso no nos movemos del sitio, no vaya a ser que sea verdad y cuando nos vaya a buscar no nos encuentre.

Sobre la una del mediodía, cuando ya nos empieza a entrar hambre, nos acercamos a la cocina de nuestro coche y nos ponemos a freírnos unas chuletas, pero sin perder en todo momento la vista del lago y de nuestro nuevo amigo Chris.

Cuando estamos acabando de cocinar, desde la orilla del lago subido en su barco, Chris nos levanta la mano y nos dice que nos acerquemos. Sin dudarlo ni un segundo apagamos corriendo el fuego, ponemos un plato encima de la sartén para que no se llene de animalitos que se quieran comer nuestra comida en su ausencia, y nos acercamos a la orilla.

Chris nos dice que nos subamos, que nos vamos a dar una vuelta con él y, antes de que pueda decirlo por segunda vez, ya estamos a bordo y con los chalecos puestos.

Durante la siguiente media hora disfrutamos como enanos subidos al barco de Chris. Estamos que no nos lo podemos creer. Nos lleva hasta el final del lago, donde nos enseña una cascada y una pequeña playa donde dice que algunas veces van a pasar el día.

INCREIBLE. No tenemos palabras. No nos acabamos de creer la suerte que hemos tenido. Sólo podemos darle las gracias mil veces a Chris e invitarle a una cervecita que tenemos fría en el frigo.

Recalentamos nuestra comida y nos la comemos sentados a las orillas del lago, al sol, mientras seguimos flipando con lo que nos acaba de pasar. Echamos un ratito más y, después de despedirnos de Chris, nos subimos de nuevo al coche para acercarnos a otro de los lagos del parque, mucho más pequeñito y tranquilo, pero aun así igual de mágico que el anterior.

Sobre las 5 de la tarde dejamos el parque nacional y conducimos hasta Marahau, puerta de entrada de nuestra visita de mañana.

SABADO 02 DE MARZO

Aunque amanece bastante nublado, el tiempo da sol para hoy así que, confiando en que se cumpla el pronóstico, salimos pronto del camping donde hemos dormido hoy y vamos hasta el aparcamiento del parque Abel Tasman.

Abel Tasman es, hoy en día, un parque nacional pero durante muchos años fue lugar de residencia de asentamientos maoríes. Es famoso por sus playas de arena dorada, sus aguas cristalinas y sus bosques.

El track completo es de 60 km y se suele hacer en unos 3/4 días. Como nosotros no tenemos ese tiempo nos hemos propuesto ponernos a andar sin fijarnos tope y darnos la vuelta cuando nos apetezca. 

Sin embargo a nosotros no es la zona que más nos llama la atención de Nueva Zelanda, por lo que no queremos perder mucho tiempo aquí ni contratar una de las excursiones con lancha que te llevan hasta un punto alejado unos 10 kilómetros de distancia para que tu hagas ese tramo. Al final nos decidimos por aparcar el coche y andar tanto como nos apetezca hacia dentro sabiendo que luego tenemos el mismo recorrido de vuelta.

Al final le damos 3 horitas a este parque, contando las paradas que hacemos para sacar fotos o descansar un rato en la playa. Cuando estamos yéndonos, sobre las 11 de la mañana, parece que empieza a abrir el día, pero aquí en este país uno nunca sabe…

Al arrancar el coche nos damos cuenta de que hace un ruido raro, demasiado metálico. Ya estuvimos todo el día de ayer con la mosca detrás de la oreja por el ruido que hacía y por cómo olía una vez que lo parábamos. Carlos decide mirar el aceite, no vaya a ser y… eureka! Ni rastro de él. Escribimos inmediatamente a la compañía con la que alquilamos el coche y que ahora mismo por supuesto recomendarlos no alquilar con ellos ni un micromachine, y nos dicen que sí, que se les había pasado decírnoslo pero que el motor traga aceite que no veas. Menos mal que nos hemos dado cuenta ahora y no una vez que esto explotara, en fin… Por lo que retrasamos nuestros planes y recorremos 20 km hasta la gasolinera más cercana donde compramos 4 litros de aceite, dos que se chupa el coche del tirón y otros dos para tener por si acaso. Por supuesto, automáticamente, le mandamos una foto del ticket de la compra a nuestro amigo Ross para que nos reembolsen el dinero que hemos adelantado nosotros comprándolo.

Con este mini fuego ya apagado decidimos acercarnos hasta Nelson dónde, otra vez gajes del coche, la nevera no funciona y simplemente congela. NO entiende de temperaturas ni nada. Solo frío máximo hasta congelar. Aquí nos espera un trabajador de CamperCo con una nevera nueva para remplazar a la que tenemos ahora.

Con 2 de 2 problemas ya solucionados del coche (toquemos madera porque no surjan más) seguimos nuestro camino para llegar hasta Westport. Hoy por la tarde y mañana por la mañana dan malísimo, pero queremos empezar a acercarnos a la zona sur y esperar allí a que pase el chaparrón. Por el camino vamos parando en cada mirador que vemos, cada hueco alado de un río o una cascada… y es que es increíble el paisaje de esta isla.

Llegamos al aparcamiento de Westport alado de la playa en el que vamos a hacer noche y es aparcar y se pone a diluviar. Cenamos como podemos dentro del coche y en el momento que escampa aprovechamos para salir a los baños a lavarnos los dientes. Pero la calma dura poco y cuando nos toca volver al coche se pone a jarrear de nuevo hasta el punto de que, tras recorrer 20 metros, acabamos mojados hasta arriba.

DOMINGO 03 DE MARZO

A la mañana siguiente amanecemos super pronto. El día pinta bien tirado de lluvia, así que hay que aprovecharlo al máximo mientras se pueda. 

Empezamos bajando la carretera que une Westport y Greymouth: la Great Coast Road. Aquí empieza toda la zona que más entusiasmados nos tiene y enseguida sentimos que no nos va a defraudar. 

Podemos decir ya sin equivocarnos que el país en el que más estamos disfrutando cada kilómetro conducido es Nueva Zelanda. Esta carretera nos recuerda muchísimo a la Great Ocean Road (y sin nada que envidiarle).

La primera parada la hacemos en Punakaiki donde hay unas curiosas formaciones en las rocas, conocidas como Pancake´s Rocks. Éste es un paseo de unos 20 minutos donde se ve como la erosión a esculpido las piedras de una forma muy peculiar. 

Seguimos carretera y aprovechamos para hacer la comida en un mirador elegido por Scheherezade (una de las mejores cosas de llevar la casa a cuestas son estos momentos). 

Estas paradas para comer en sitios tan increíbles son las que te llenan de ganas cuando echas de menos una cama decente, una ducha para ti y porque no decirlo… un baño no compartido. 

Dado que vamos bien de tiempo y no estamos muy cansados, ponemos el siguiente objetivo en hacer un buen tramo de la carretera Arthur Pass, ya que no vamos a poderle dedicar más días para hacer un par de trekkings que hay chulos por la zona.

Hemos visto que hay un camino de unos 20 minutos solamente que te lleva hasta una gran cascada, conocida como Devil´s Punchbowl, asique nos acercamos hasta allí.

El camino es sencillo, a través de escaleras de madera, las cuales te llevan hasta un mirador desde donde puedes disfrutar de esta cascada de 131 metros de altura. 

Sin embargo, no nos queremos conformar con verla solo desde la barrera, por lo que empezamos, como las cabras, a trepar a través de las rocas para llegar hasta la base ella. Cuando llegamos arriba, aparte de que el ruido es ensordecedor, el caudal de agua es tanto que, sumado al viento que hay, hace que nos calemos completamente.

De regreso a la costa, recorremos de nuevo una parte del Paso de Arthur, esta vez deteniéndonos para sacar fotos en algunos de los miradores que tiene. 

Este paso de montaña en plenos Alpes Neozelandeses recibe el nombre de Arthur Dudley, quien dirigió el primer grupo de europeos a través del paso de montaña en 1864. Aunque anteriormente ya había sido utilizado por los maorís durante la fiebre del oro para hacer llegar este metal hasta la costa, no fue hasta este momento que se empezó a explotar como un camino que comunicara la costa este con la oeste de la isla sur de Nueva Zelanda.

Llegamos a dormir a un aparcamiento en el pueblo de Kumara, que tiene baños públicos y una zona con mesas y techo para poder estar resguardado en caso de que llueva.

LUNES 04 DE MARZO

La previsión meteorológica daba para hoy un día de perros, gris y con lluvia sin parar y, efectivamente, se cumple y se tira todo el día jarreando. A nosotros es verdad que no nos viene mal un día de descanso, asique aprovechamos la mañana y vamos a una cafetería con wifi donde poder trabajar un poco y la tarde nos la pasamos entera a remojo en las piscinas de agua caliente que hay en el centro deportivo, al que entramos por 6 euros por persona, de lo mejorcito invertido.

MARTES 05 DE MARZO

Hoy empezamos el día acercándonos hasta el pueblo de Hokitika y la garganta que ha creado el río al cruzarlo. 

Dejamos el coche en el aparcamiento y, tras 15 minutos andando, llegamos hasta el puente colgante desde donde podemos ver las altas paredes que se han formado por la erosión del río a lo largo de años y años. Esta parte es conocida aparte de por la garganta, por el color azul del río Hokitika. Sin embargo, puede que sea porque son las ocho y media de la mañana y aún el sol no se ha levantado lo suficiente, o por las lluvias y viento que ha habido estos días y que ha removido más de lo normal las aguas, pero nosotros no llegamos a ver ese azul tan tan intenso.

Seguimos la carretera hacia el sur y sobre el medio día llegamos al Parque Nacional de Westland Tai Poutini, donde se encuentran dos de los glaciares más famosos de Nueva Zelanda: Franz Josef y Fox.

Ambos tienen pueblos con sus mismos nombres y que se han creado por y para el turismo, llenos de alojamientos, restaurantes y empresas que ofrecen numerosas actividades en los glaciares.

La parada de hoy es en Franz Josef, el primero que nos encontramos de los dos. Dejamos el coche en el aparcamiento y andamos el pequeño camino que nos acerca un poco más hasta el glaciar. 

En el pasado, la lengua del glaciar llegaba hasta aquí mismo, lo que hacía que esta caminata fuera mucho más espectacular. Sin embargo, hoy en día, debido al cambio climático, el glaciar ha retrocedido enormemente y nos tenemos que conformar con verlo de lejos.

Dormir en esta zona está bastante complicado, ya que no hay ni un camping público y los únicos que hay en estos pueblos son un poco caretas (se aprovechan de que son la única opción en la zona) asique nos decantamos por irnos a uno en el pueblo de Fox que no tiene un precio tan desorbitado. Además, cuando llegamos vemos que tiene una cocina con unos sofás, los cuales aprovechamos para echar el resto de la tarde lluviosa con unas palomitas que nos hacemos. Por la noche, incluido en el precio del camping, una chica super simpática nos hace de guía por un paseo que damos por un parque a escasos 10 minutos del alojamiento y el cual está lleno de gusanos brillantes como los que vimos en Waitomo. Es verdad que no hay tantísima concentración de ellos, pero aun así es una experiencia que nos filpa. Mirarlos en las enormes toconas que forman las raíces y troncos de los árboles nos encanta, parece que estamos viendo un cielo oscuro completamente estrellado.

MIERCOLES 06 DE MARZO

A las 5 de la mañana suena el despertador. Sin pensárnoslo mucho porque si no, no hay quien se levante, nos vestimos y arrancamos a Poti-poti ( nuestro mote para el cacharro que nos lleva por ahí). En 10 minutos llegamos al aparcamiento del lago Matheson. Desayunamos una vez que estamos ya en la línea de salida y, sobre las seis menos diez de la mañana nos ponemos a andar el par de kilómetros que nos separan del mirador.

La particularidad de venir tan tan prontito a ver este lago es que, si tienes un día claro como parece que va a ser hoy, cuando amanece puedes ver el reflejo perfecto del monte Cook y resto de montañas sobre este lago “espejo”.

Cuando llegamos, nos encontramos con que hay al menos 3 personas en el mundo que están todavía más chalados que nosotros y que llevan ya un rato pasando frío esperando a que salga el sol.

Cuando este por fin se decide a salir, nos regala uno de los amaneceres más bonitos que hemos visto hasta ahora.

Poco a poco se va llenando de más gente rezagada que no quiere perderse este espectáculo. Casi una hora después y con millones de fotos y vídeos nuevos, deshacemos el camino de regreso al coche.

Como todavía es pronto, volvemos de nuevo al camping en el que hemos pasado la noche para desayunar algo calentito como es debido y prepararnos para lo que nos viene.

Y es que Scheherezade, en una de sus virtudes que es gastar dinero, ha contratado una excursión al glaciar Fox… ¡pero en helicóptero! Desde que lo vio, hace muchos años, en un programa de viajes, se dijo a sí misma que esa experiencia de ver desde arriba una masa de hielo tan inmensa quería probarla y vivirla, así que… ¡allá que nos vamos!

A las 10 de la mañana estamos en las oficinas de la compañía donde, tras pesarnos y darnos una charla de seguridad, nos dirigimos al pequeño helipuerto del pueblo. Aparte de nosotros dos, se suman al vuelo un padre con su hija, una chica de la empresa y el piloto. Nos subimos en el helicóptero y a las diez y media estamos despegando. 

El piloto nos lleva por toda la morrea del glaciar, acercándonos a las zonas donde se forman pequeñas cascadas por el agua del deshielo y metiéndose por los recovecos que va haciendo el hielo a través de la montaña.

Cuando hemos sobrevolado toda la lengua del glaciar hasta la parte alta, aterrizamos sobre una enorme explanada de hielo y nieve virgen. Nos abren las puertas y, sin dudarlo, bajamos y nos ponemos a correr y saltar sobre la nieve completamente virgen. El cielo está completamente azul, tenemos la cordillera de montañas completamente nevadas enfrente nuestro y caminamos sobre un glaciar de millones de años, donde no se escucha nada más que absoluto silencio. Es impresionante.

Unos 15 minutos después, el piloto nos pide que regresemos de nuevo a la aeronave. Vamos los cuatro con unas caras de felicidad y unas sonrisas enormes. Sobrevolamos de nuevo el glaciar en un vuelo escénico, en el que el piloto se desquita y nosotros se lo agradecemos enormemente.

35 minutos después de despegar, aterrizamos de nuevo en el mismo helipuerto del que salimos, pero con unas caras de alucine increíbles. Sin duda, ha sido una experiencia que nos ha merecido mucho mucho la pena y que repetiríamos sin dudarlo. De hecho, ¡estamos que aún no nos lo creemos!

Cuando llegamos de vuelta al pueblo de Fox aprovechamos para comer y, antes de que aparezcan las nubes que se forman por la tarde, vamos a hacer una caminata similar a la que hicimos ayer, que te acerca andando hasta el glaciar, pero esta vez al de Fox, el que hemos sobrevolado esta mañana.

Es verdad que el camino de ida está chulo y que desde el mirador se puede ver un poco mejor el glaciar, pero después de la experiencia de esta mañana, nos sabe a poco.

Sin embargo, la vuelta la hacemos por un pequeño desvío del camino que te mete en un bosque que se ha formado sobre una morrena del glaciar y… ¡guau! es super bonito. Allá donde mires, a las piedras, a los troncos de los árboles, al camino… todo, todo, todo está invadido por un musgo de color verde intenso que crea un bosque de cuento.

Y ya, después de haber explotado al máximo esta zona del país, que era una de las que más nos apetecían, continuamos nuestro camino hacia el sur. Aunque hoy no llegamos hasta Wanaka, queremos acercarnos lo máximo posible para que mañana no sea tan largo el camino. Y es que es difícil llegar en un día, no sólo por los kilómetros que separan una zona de otra (que también) si no porque es imposible no irse parando en cada esquina del país a sacar una foto a un valle, un lago, una cordillera o una cascada como esta.

Llegamos hasta el camping Cameron, en pleno valle por donde discurre el río Makarora, y paramos aquí a hacer noche para descansar de un día lleno de emociones intensas.